jueves, 14 de mayo de 2015

Mi Pequeña High Line

Mi anterior entrada se titulaba La Naturaleza Aborrece los Jardines. Supongo que si la naturaleza tuviese a bien querer hablar conmigo, me diría algo del estilo: "Anda cachondo, que tiene guasa que tú precisamente me acuses de esto. Que eres español". Y yo tendría que balbucir alguna excusa apresurada. Porque la verdad es que a veces uno siente que tiene asumir su responsabilidad y echarse sobre los hombros la carga del pueblo al que pertenece. Vamos a ver, que nadie se me ofenda por la generalización, que ya sé que a los que suelen pasar por aquí no les aplica la crítica que viene, pero a ratos (un rato de 363 días al año más o menos) siento que los españoles aborrecemos los jardines y la naturaleza. Todo a uno. Veamos un ejemplo muy sencillito. El otro día publiqué en facebook que me sentía un privilegiado porque puedo ir caminando al trabajo todas las mañanas. En ese paseo de quince minutos atravieso un pequeño jardín que es una delicia (para que no me digan que lo veo todo negativo), dejo atrás un colegio y una urbanización, y justo antes de llegar al parque empresarial donde trabajo atravieso un pequeño y estrecho terreno baldío encajonado entre la valla de un instituto y una carretera con bastante tráfico. Un lugar que siempre había visto árido y desangelado y del que hasta el momento sólo me había llamado la atención que por alguna razón que se me escapa los dueños de perros de la zona consideran que los excrementos allí depositados por sus canes no precisan ser recogidos. Circunstancia que hace que a mediados de verano los efluvios de la zona inviten a pasar deprisita y sin respirar. Pero hace un par de semanas, al pasar por allí mi mujer me dijo: "mira, este podría ser uno de los jardines que tanto te gustan". Y era verdad, aquello se había convertido en un vergel de flores bastante llamativo. Así que ese fin de semana allí me fui con mi cámara de fotos. Subí algunas a Facebook comentando la riqueza que podía dar a un terreno baldío la simple ausencia de una segadora. Entendía que aquello era un ejemplo del Tercer Paisaje del que habla Gilles Clement. Para que diría nada. ¡Zas!, en todos los morros. El martes me encontré a un trabajador del ayuntamiento desbrozadora en ristre poniendo orden en el asunto, no sea que llegue el verano y las hierbas no nos dejen ver las cagadas de los perros de nuestros vecinos. Así lucía este espacio el domingo: 






Y así lo hacía el martes:



¿De verdad era necesario hacer esto? ¿Tanto molestaban las hierbas y las flores? No es un ejemplo aislado. Las podas de los árboles en nuestros parques deberían ser constitutivas de delito. En el parque empresarial donde trabajo no existe el otoño por decreto ley. Llegado octubre amputamos los plataneros no sea que insistan en su fea costumbre de dejar caer sus hojas y lo manchen todo. Así ahora llega mayo y sus calores y el metro cuadrado de sombra es más escaso que el terreno edificable en Tokio  Y ver una flor que no hayamos plantado nosotros nos saca de nuestras casillas. No muy lejos de donde se encuentra el solar que comento este año han ajardinado una amplia avenida. Ha quedado bonita, desde luego mucho mejor que como estaba antes. Pero el diseño del jardín se basa en la alternancia de macizos de una única especie de arbustos, con trozos de césped y grava. La proporción de arbustos, césped y grava debe ser más o menos de 20%, 50%, 30%. La grava (que a veces es corteza de pino) se extiende sobre una malla anti hierbas, no sea que alguna florecilla le dé por asomar por allí. Estamos en Mayo y hemos tenido temperaturas por encima de 30 grados. ¿De verdad no hay opciones más adecuadas que un 80% de césped y grava?.
En contraposición a este jardín, aprovechándome del retraso exterminador de los servicios de mantenimiento del ayuntamiento, he encontrado una zona que me ha recordado muchas de las cosas leídas sobre espacios recuperados por la naturaleza. La zona es un estrecho pasillo entre una carretera y una urbanización. Allí en algún momento debió haber un jardín del que aún queda un pequeño rastro. Ahora ha sido tomado plantas silvestres y algunas de las que se escapan de los jardines cercanos. Es increíble la sensación de naturaleza salvaje que te invade en un pasillo de menos de diez metros de ancho, la sensación de naturaleza recobrada en un entorno fuertemente urbanizado. A pequeña escala en mi paseo matinal del domingo creo que he debido sentir algo muy parecido a lo que sintieron los que fueron capaces de ver por primer vez la High Line como algo muy distinto a una estructura metálica que habría que derribar. Pero no me hago ilusiones. Aquí no haremos una High Line. Ni siquiera dejaremos a las hierbas en paz. Aquí desbrozaremos. Quizás hasta extendamos mallas antihierbas y echemos unas cuantas toneladas de grava. Desde luego dudo mucho que hagamos nada por mantener esto: 


















lunes, 27 de abril de 2015

La naturaleza aborrece los jardines

-¡Papá, papá, en el huerto hay orugas bailarinas!
Mis hijas se han acercado a mi gritando muy excitadas. Cualquier oración con las palabras huerto y orugas es capaz de subirme la tensión arterial. Pero en este caso las orugas son bailarinas. Así que me tomo el tema con mayor curiosidad que miedo. 
-¿Ah sí hija? ¿Y eso qué es? - respondo
-Pues eso papá, orugas que bailan - me chillan a una escandalizadas, que parece mentira que su padre pregunte semejante obviedad -. Ven, ven, ya lo verás. 
Nos acercamos a la carrera al huerto y en efecto mis coliflores tienen una plaga de orugas de tres pares de narices. 
-Mira papá, atiende. 
Mi hijas se arrancan en un rítmico ¡Ah!, ¡Ah!, ¡Ah! acompañado de palmas. Y a cada voz y palma las orugas levantan todas a una la cabeza. En fin, el cuerpo de una oruga da para lo que da y yo no hablaría de baile. Pero en cambio esto es toda una coreografía. Uno que es ingeniero, no puede evitar soltar una explicación razonable. 
 -Uy hijas, qué gracioso. Esto va a ser que las ondas de vuestra voz provocan alguna vibración en la hojas... - me detengo ante las miradas de incomprensión y decepción contra las que chocan mis palabras  - Aunque lo más seguro es que les encantan vuestras voces y por eso bailan. Qué bueno. 
Por supuesto las orugas allí se quedan y por segundo año consecutivo no pruebo las coliflores. Valga esta anécdota como garantía de que no soy un personaje especialmente agresivo con la fauna local. Más bien diría que soy bastante benévolo. Pero eso no quita que el último libro que estoy leyendo me parezca de un buenismo insoportable. El libro en cuestión se titula The Wildlife-Friendly Vegetable Gardener: How to Grow Food in Harmony with Nature. A tenor de lo leído creo que más bien debería titularse The Wildlife-Friendly Vegetable Gardener: How to Grow Food for Nature. El libro anima a sacar partido de los claros beneficios que otorga contar con un ecosistema variado. Y no digo yo que no aporte algunas soluciones ingeniosas para proteger tu huerto de la fauna local, que para Tammi Hartung, autora del libro y propietaria de un jardín en Colorado, es grande y variada. Pero más que eso lo que hace es animar al lector a disfrutar de los animales que deambulen por su jardín sin sufrir demasiado con sus destrozos. Es una aproximación válida, faltaría más, pero creo que el mensaje del libro es un poco embustero porque oculta una parte importante de la realidad. Todos los ejemplos del libro se encaminan hacia el lado positivo del asunto. Para mis orugas Tammi nos diría sin duda que acabar con ellas puede ser perjudicial porque esas orugas se convertirán en lindas mariposas que se dedicarán a polinizar mi jardín. Que además disfrutar de las orugas bailarinas te alegrará la existencia y que como mucho lo que debo hacer es favorecer la presencia de pájaros en mi jardín para que la invasión no se te vaya de las manos. Todo eso está bien, pero no está de más contar también la otra cara de la realidad. Es honesto recordar que tus esfuerzos para tener una coliflor se pueden ir al traste en un par de días de voracidad oruguil. Que igual no necesitas las mariposas porque los polinizadores te salen por las orejas, y que los pájaros además de comerse las orugas te la pueden liar parda de maneras de lo más originales. 
Sin querer comparar porque son cosas distintas, el planteamiento que hace del tema Michael Pollan en su libro Second Nature, es mucho más realista y divertido. El título de su segundo capítulo no deja lugar a dudas: La naturaleza aborrece los jardines. Estoy de acuerdo. Es paradójico porque la naturaleza en sus distintas manifestaciones parte como inspiración, materia prima, herramienta y aliado del diseñador de jardines. Pero es un mal socio, bastante caprichoso, dictatorial y con tendencia a despreciar nuestros vanos esfuerzos de diseño y productividad. La naturaleza nos parece caprichosa y es fácil llegar a pensar que nos aborrece. Puede que de esos sentimientos nazcan los excesos de formalismo en algunos estilos de jardinería y los desmanes agrícolas. Y quizás por eso sea necesario hacerse planteamientos positivos pero también realistas de nuestra relación con la naturaleza, y muy especialmente con los animales salvajes que muchas veces intentarán sacar tajada de nuestros huertos y jardines. El ejemplo de Michael Pollan es bueno. Cuando se compra una granja a punto de ser engullida por los fantásticos bosques del noreste de Estados Unidos, comienza a practicar la jardinería con la mente liberal de un neoyorquino que ha pasado demasiado tiempo filosofando sobre lo que no conoce. Romanticismo en estado puro: nada de insecticidas, nada de vallas, nada de armas. Los animales estaban aquí antes que nosotros. Todos somos razonables, los animales son seres puros, así que vamos a llevarnos bien. Bien, la naturaleza no es razonable ni adorable, y la narración de su toma de contacto con las marmotas es desternillante. 
Su primera plantación acaba como almuerzo de una marmota. Y él, urbanita reconvertido a jardinero ultraecologista, hace lo previsible en cualquier jardinero que se precie: lanzarse a una guerra sin cuartel contra las marmotas. Empieza por abordar el problema con un planteamiento algo naif. Pretende molestar a las marmotas hasta que se den por aludidas y se marchen. Localiza la madriguera de una de ellas y tapona su entrada con piedras. Por supuesto al día siguiente la marmota ha desbloqueado la entrada y ha calmado el apetito que le abierto el esfuerzo adicional en el huerto del aprendiz de jardinero. Así que Pollan pasa a ser más expeditivo: introduce en la entrada de la marmota sustancias tan variadas como melaza, un ratón muerto, excrementos de bichos y alguna sustancia química maloliente. Fracaso absoluto. En ese punto, como él mismo reconoce, el asunto ya no trata sobre librarse de los destrozos de las marmotas, el asunto trata sobre ganar. Este hombre llega a recoger de la carretera un cadáver de marmota y lo introduce por la entrada de la madriguera de su enemiga, en un gesto bastante siciliano. Como todo esto no funciona, al final opta por verter gasolina por el hueco de la madriguera y lanzar una cerilla. Mala idea que a punto está de terminar con sus cejas chamuscadas y una granja en llamas. Llegados a este punto se siente como el malo tonto de los dibujos animados, un Silvestre o un Coyote cualquiera. Por suerte para todos este hombre destaca por sus dosis de sentido común y decide replantearse sus principios: es absurdo que algo tan sencillo como colocar una valla nos parezca antinatural y para evitarlo hagamos barbaridades mucho mayores. 
Me siento identificado con su problema porque yo mismo he pasado por situaciones parecidas. Cuando compramos nuestra parcela a diferencia de Pollan teníamos claro que queríamos una valla. Debe ser porque somos españoles y no americanos. Pero digamos que su instalación no se encontraba entre nuestras prioridades. Eso de que los corzos y los jabalíes se pasearan por allí tenía su gracia. Hasta que se nos ocurrió plantar algún árbol. A los jabalíes les encanta buscar tesoros escondidos en los hoyos de plantación. Y un corzo que se precie, aunque tenga miles de hectáreas de pinos a su alrededor, restregará su cornamenta contra el primer abeto que plantes hasta que consiga dejarlo bien seco. Pedimos presupuesto e instalamos a toda prisa una valla metálica. Cualquiera pensaría que una valla de dos metros de alto es más que suficiente. Yo si voy caminando por un bosque y me encuentro una valla doy un rodeo. Un jabalí tiene otros sentido de la propiedad y considera que lo que hay que hacer es introducir el hocico por debajo de la alambrada y hacer un hueco más que suficiente para que cualquiera que venga detrás de él no se tropiece con la misma molestia. Las incursiones y los destrozos continuaron, y aquí es dónde la visión egoísta y antropocéntrica del asunto empieza a tomar fuerza. Llega un punto en el que uno es incapaz de ver a lo animales como seres inocentes que se limitan a pelear por su persistencia. Como señala Pollan, es increíble la rapidez con la que pasas de la frustración a la idea de persecución hacia tu persona y el consiguiente odio y ganas de llevar a la extinción a especies enteras. Supongo que será algo que tendrá que ver con algún principio atávico de tiempos pasados en los que de esta lucha con los animales dependía nuestra supervivencia. Algunos ejemplos que explican el fenómeno en mi caso.
En mi parcela hay millones de tiernos robles rebollos nacidos de raíz. En toda la provincia debe haber más rebrotes de rebollos que estrellas en el cosmos. Y todo tipo de hierbas y praderas y terrenos de cultivo. Pues en ese inmenso universo, mis minúsculos y despreciables arces japoneses tardaron menos de un mes en ser devorados por un corzo. Me debió tocar un ejemplar sibarita y amigo de la comida asiática. Los jabalíes son aún peores. Un jabalí a lo suyo es una especie de bulldozer que sigue una sinuosa línea que optimiza de manera mágica el daño. Si hay un árbol al que tengas especial cariño, el jabalí lo sabrá. El día que me encontré 18 árboles fuera de juego decidí que había que tomar cartas en el asunto. Haciendo caso omiso a quienes me recomendaban comprar una ballesta y aprender a hacer jamón, decidí gastarme una pasta en anclar mi valla al terreno de forma que ningún animal por encima de los diez kilos pudiera atravesarla. El mismo fin de semana que estrenábamos valla de alta resistencia, la comunidad verraca decidió vengarse de mi inhospitalidad lanzando un comando suicida contra mi coche. Aquella noche un joven jabalí murió en cumplimento de su deber: destrozar mi Toyota. Aún damos gracias por poder contarlo. Pero de momento no atraviesan mi valla.Así que ahora sólo sufro a los conejos, los topos, los ratones, todo tipo de pájaros y del orden de doscientas mil especies de insectos y arácnidos. Nada que temer de esos animalillos, ¿verdad?. Ja, ja y ja. Los conejos han catado cualquier especie vegetal que yo haya decidido plantar. Los topos, sin hacer demasiado daño en términos absolutos, han sido especialmente crueles. Nunca creí que en mi clima pudiese llegar a probar los higos. Así que los disfruté doblemente el año que una higuera que me había regalado un amigo produjo una cosecha escasa pero de espectacular dulzor. Aún quedaban algunos en sus ramas el día que un topo decidió cercenar el tronco bajo tierra. Allí estaba la higuera, donde debía estar aunque algo lacia e inclinada. Cruel señuelo para partirse de la risa al ver mi cara cuando me quedé con ella de la mano. Además de topos mantengo una colonia numerosa de ratones. Deben ser los más gordos de la comarca gracias al pienso de mis gallinas. Su obesidad mórbida no les impide ser ansiosos catadores de mis tomates y melones. El año pasado he tenido pájaros cuya ascendencia debía ser gallega vista su afición a los pimientos del Padrón. Las palomas torcaces tienen poderes telepáticos y son capaces de anticipar en 5 minutos mi decisión de recoger las fresas. Y hay pájaros lanzados a la modernidad que han decidido que el corcho aislante que cubre la fachada de mi casa es el mejor material para construir sus nidos. Con este panorama habrá quien adelante que los carnívoros son bienvenidos en mi parcela. Sí y no. Me gusta que zorros, gatos monteses, jinetas y todo tipo de rapaces se pasen por mi terreno y pongan algo de orden. Pero tiene un precio. Mis gallinas llevaban unas semanas poniendo huevos cuando un raposo decidió que estaban en su punto. Cinco minutos de despiste me costó dos gallinas. Y estoy satisfecho, superé con creces el record de mi vecino: 14 horas le duró una bandada de seis gallinas. Ahora mi gallinero es una fortaleza inexpugnable. Pero no me fío y no me gustaría estar en las plumas de mis gallinas. Podría seguir con otras muchas calamidades gracias a toda clase de bichos, pero eso me llevaría a hablar de mi lucha sin cuartel con avispones y garrapatas y no me siento con fuerzas. 
Así que sí, la naturaleza aborrece nuestros jardines. Porque todos estos animales no son más que la parte más llamativa, pero no necesariamente la más poderosa, de un ejército formado por animales, plantas, bacterias y hongos, que con el apoyo inestimable de la metereología, luchan por no dejar ni rastro de nuestra labor. Aunque para ser del todo justos, habría que decir que en realidad luchan por no dejar ni rastro de cualquier cosa que se les presente por delante. La naturaleza es dura y cruel y se rige por la ley de supervivencia del más fuerte. Y ahí está el problema. En nuestros huertos y jardines solemos usar especies que distan mucho de ser las más fuertes. De hecho suelen ser unas auténticas flojuchas. Muchas de las plantas de nuestros jardines, y la inmensa mayoría de las de nuestros huertos, basan su supervivencia en una especie de simbiosis con el ser humano. Ellas nos entregan sus sabores o su belleza y nosotros las protegemos del medio que las rodea. Sin nosotros simplemente no existirían. Así que por mucho que digan los naturalistas, nuestros jardines requieren protección. Mucha. La cuestión no está en si intervenir o no intervenir. La cuestión está en la orientación y contundencia de la intervención. Durante mucho tiempo hemos sido incapaces de responder a un principio de proporcionalidad. Pero la desmesura de nuestra respuesta a las amenazas en lugar de fortalecernos nos ha empobrecido y debilitado. Igual que un uso incontrolado de antibióticos no es una buena noticia para nuestra salud futura, un uso incontrolado de pesticidas y armas no es buena noticia para la fortaleza de nuestro planeta. Pero tampoco tiene sentido caer en el extremo opuesto y pensar que nuestra relación con la naturaleza debe ser de simples observadores. No creo que deba ser así en términos generales. Tenemos mucho más que aportar que un simple "esto no se toca". Y desde luego no podrá ser así si queremos tener un jardín. Un jardín será naturaleza pero también cultura y arte. Y para ello nuestra intervención debe ser constante. Sin ella el jardín desaparecerá sin remedio en poco tiempo. Pero mesurada, por dios. Porque para ser del todo sincero, pese a mis desventuras mi mayor placer en la vida es levantarme al amanecer y sentirme en mitad de un bosque tan plenamente vivo. Así que vamos a ver bailar otra vez a esas orugas. 








miércoles, 18 de marzo de 2015

El Genio del Lugar

En diciembre de 1731 el poeta Alexander Pope publicó su Epístola IV a Richard Boyle, Conde  de Burlington. Un poema didáctico sobre arquitectura y jardinería donde se hacía una llamada al sentido común, al buen gusto y a la mesura. Una parte del poema dice así: 

Construir, plantar, sea cual sea la intención, 
Alzar la columna o tender el arco, 
Ensanchar la terraza o enterrar la gruta,
En todo, la Naturaleza nunca debe ser olvidada.  
Pero tratemos a la diosa como a un hada modesta, 
No la cubramos demasiado ni la dejemos totalmente desnuda,
Que todas sus bellezas no puedan ser espiadas por doquier, 
Porque la mitad de la habilidad está en esconder decentemente. 
Ganará todos los puntos quien con placer confunda, 
Sorprenda, varíe y oculte los límites. 

Consultemos en todo al genio del lugar:
él dice si las aguas se elevan o se caen, 
o ayuda a las colinas ambiciosas a escalar el cielo, 
o extrae del valle teatros envolventes, 
él convoca al paisaje, atrae los claros que se abren, 
une los bosques serviciales, y hace variar las sombras, 
a veces frustra la intenciones y a veces las orienta,
pinta cuando plantamos y diseña cuando trabajamos. 

El poema de Pope apostaba por la belleza nacida de la naturaleza en lugar de impuesta sobre ella. Piensen en Versalles y sabrán qué estaba criticando. El poema formaba parte del movimiento surgido en Inglaterra a comienzos del XVIII en contra de los diseños exageradamente formales y grandilocuentes del jardín barroco francés. Pope ponía letra a lo que en esa misma época inventaban Willian Kent y Charles Bridgeman, y unas décadas más tarde convertía en movimiento de moda Lacelot 'Capability' Brown: el Jardín Paisajista Inglés. 
Pero lo que hizo especialmente famoso al poema de Pope fue ese "Consultemos en todo al Genio del Lugar". La idea del Genio del Lugar caló en la arquitectura y la jardinería, hasta un punto en el que ahora es difícil encontrar un libro de jardinería en el que no se haga referencia a ese tal Genio de Lugar. El Genio de Lugar no era más que una metáfora con la que Pope pedía que los diseños se adaptasen a su contexto, pero adquirió tanta fuerza que a veces tengo la impresión de que hay quien tiene la idea algo naïf de que el Genio del Lugar nos habla de verdad, que si pones toda tu atención podrás llegar a escuchar la voz de la naturaleza a través de ese geniecillo de la elegancia y el buen gusto. Desengañémonos, por mucha atención que pongamos lo único que oiremos serán las voces más o menos paranoides que pululen por nuestra cabeza. O dicho de una manera menos pesimista: el Genio del Lugar es la suma de nuestra memoria, nuestro conocimiento, nuestra capacidad de innovar y nuestro gusto estético en un momento particular. ¿Alguien opina que los jardines de Fernando Caruncho no responden al Genio del Lugar? ¿Y los de Piet Oudolf? Yo creo que los dos hacen honor al poema de Pope, así que o tenemos un Genio del Lugar algo indeciso o va a resultar que el único Genius Loci que existe es el buen jardinero. Pero entonces, ¿qué alimenta a este antropocéntrico ser que debe guiarnos? Pues supongo que muchas cosas, pero yo destacaría tres: el conocimiento de los maestros, la memoria y la búsqueda de un equilibrio. 
En el último capítulo de su libro Second Nature, Michael Pollan señala muy acertadamente que los jardines de grandes diseñadores del pasado siempre tienen algo que enseñarnos. Estoy de acuerdo. Aunque no tengamos una mansión en los Costwolds, hay mucho que aprender en el estudio del trabajo de otros diseñadores. Charles Moore y William Mitchell apuestan por la misma idea en su libro The Poetics of Gardens. La idea de que hay una universalidad en el diseño de jardines que hace útil estudiar los grandes jardines de otros lugares, épocas y culturas. Sus objetivos, su sentido y su espíritu pueden ayudarnos a discernir el genio que debe regir nuestro jardín, independientemente de su tamaño o ubicación. Podemos celebrar que en las últimas décadas han crecido de manera exponencial las referencias disponibles para cualquier aficionado o profesional de la jardinería. Ya no tenemos que limitarnos a los libros clásicos o a los artículos en la prensa inglesa de autores de culto. Tenemos al alcance de un solo click la obra de los diseñadores del pasado, pero también de los contemporáneos y las más jóvenes promesas. Y todo ello aderezado por las aportaciones de fotógrafos, escritores, ecólogos y aficionados, todos ellos volcando en libros y en internet su visión y experiencia, todos ellos cuchicheando al oído de nuestro particular Genio del Lugar. 
La apuesta de Michael Pollan, Charles Moore y William Mitchell no es en absoluto innovadora. Los dos libros apoyan su argumentación nada menos que en el Sakuteiki, posiblemente el primer tratado sobre jardinería del que se tiene constancia escrito por un noble japonés hace la friolera de mil años. En este texto se recomienda: "Empezar por considerar la disposición de la tierra y el agua. Estudiar el trabajo de los maestros del pasado y recordar los lugares de belleza que conozcas. Y entonces, en tu lugar elegido, dejar a la memoria hablar y desarrollar a tu manera aquello que te motive" (en mi traducción libre del texto que aparecen en The Poetics of Gardens). Así que ya en el siglo XI los japoneses sabían que había que estudiar el trabajo de los maestros. Pero además este antiquísimo tratado decía otra cosa muy interesante: dejar a la memoria hablar. Dicen que ya Nabucodonosor II construyó los Jardines Colgantes de Babilonia para combatir la añoranza de los paisajes montañosos de su juventud. Para Michael Pollan desde entonces los jardines han sido moldeados por nuestra memoria, y este es el motivo por el que desde su punto de vista en 3.000 años de jardinería la cultura occidental ha producido sólo tres diseños básicos de jardines: el cuadrado cerrado del hortus conclusus, la geometría abierta impulsada por Le Nôtre en la Francia del Renacimiento y el jardín paisajista o romántico nacido en Inglaterra y que para este autor aún está en desarrollo y marca el estado del arte actual. Para Pollan ha habido incontables variaciones de estos temas, pero realmente poca innovación, una rareza en la historia que viene impuesta por el particular poderío de la memoria en la jardinería. No estoy de acuerdo en simplificar la historia de la jardinería a tres modelos básicos, porque ya puestos lo podríamos simplificar todo a uno, el arte de plantar algo y que quede bonito. Pero no puedo estar más de acuerdo en el enorme poder de la memoria en la jardinería. Para Pollan la infancia alimenta nuestras posteriores tendencias en jardinería, y cree que su tropismo hacia la estética agrícola en jardinería nace en el jardín de su abuelo en Long Island. Como la mía lo hace en el jardín de mi  familia en Valladolid. Como Pollan sigo queriendo producir cosas que se coman arrastrado por el huerto de mis padres. Y seguramente las explicaciones que me daba mi padre a mis diez años sobre como estábamos creando un biotopo mientras plantábamos minúsculos pinos, me han marcado más que todo lo leído muchos años después. El poder de un jardín no se encuentra sólo en la capacidad de despertar nuestros sentidos, sino en la intensidad con la que esos sentidos motivados por el jardín remueven nuestra imaginación, en lo capaces que sean de penetrar en los rincones de nuestra memoria y despertar escenas allí perdidas. En palabras de Pollan: "Los jardines no existen sólo aquí y ahora, sino que existen también allí y entonces. Otra forma de decir lo mismo es que los jardines son simultáneamente lugares reales y representaciones. Traen juntos, en un único lugar, la naturaleza y nuestras ideas sobre la naturaleza". Hace poco en una entrevista lo ha dicho Piet Oudolf aún mejor: It's not what you see, but what you see in it. Nuestro Genio del Lugar nos conoce bien y suele tender a recomendarnos jardines capaces de evocar nuestras ideas más queridas.  
Pero tenemos aún un aspecto más alimentando al Genio del Lugar: la lucha de contrarios o búsqueda de un equilibrio. A menudo el Genio del Lugar ha sido invocado como la excusa perfecta para situar a la naturaleza (naturaleza entendida como lo salvaje o no humano) como factor determinante y limitar las intervenciones paisajistas a una especie de acupuntura que mejore lo que ésta nos entrega. Es decir, en la excusa para optar por jardines de corte naturalista.  Podemos admitirle a Pope que haya sabido dar nombre al Genio del Lugar, pero en realidad el Genio de Lugar es mucho más viejo que su epístola. De hecho existe desde que existen los jardines, sea cual sea el estilo que estos tengan. Pero si antes decíamos que la jardinería tenía cierta universalidad, ¿cómo puede ser tan cambiante el Genio del Lugar?. Posiblemente porque se vea en la obligación de recomendar líneas de acción capaces de despertar en el espectador algún sentimiento. Y ese sentimiento muchas veces sólo se podrá lograr mediante la chispa del contraste con el mundo que a diario rodea al espectador. Los jardines a menudo han sido refugio, físico o espiritual, y así en ocasiones han nacido como una lucha contra la dictadura del paisaje circundante. En el libro Planting, a New Perspective, Noel Kingsbury señala que la historia de la jardinería en su mayoría ha sido una búsqueda de la imposición del orden sobre la naturaleza. Y en su opinión esto tiene sentido dado que desde los orígenes de la humanidad, la naturaleza ha sido considerada como un ente todopoderoso y no siempre benevolente. De acuerdo a su punto de vista, el sentimiento se ha invertido en los últimos tiempos porque estamos viendo una naturaleza en retroceso ante los ataques de una agresiva humanidad. Yo aquí apuntillaría que lo que está retrocediendo no es la naturaleza, que queramos o no está en todas partes y puede aplastarnos cuando quiera, sino algunas formas específicas de naturaleza como pueden ser las comunidades vegetales o animales. En la misma línea Pollan asegura que el jardín paisajista de Capability Brown nació en Inglaterra como una reacción contra la conquista del paisaje inglés por una agricultura exageradamente cuadriculada. Los campos ingleses habían llegado a parecerse a un tablero de ajedrez con cada casilla delimitada por setos, y así, cuanto más se parecía el paisaje a un jardín formal (ergo cuanto más había retrocedido lo que entendemos por naturaleza) más se parecían los jardines a lo que antes era el paisaje (más naturalistas se hacían). En definitiva, parece que al Genio del Lugar siempre le ha gustado llevar la contraria y ha tratado de oponerse al paisaje dominante en su época y localización. 
Y aquí me encuentro yo ahora, sintiendo la necesidad de aportar más y más estructura a mi jardín en una época en la que la principal corriente es la de los jardines naturalistas. Bueno, está mi memoria, mi estudio de los maestros y mi idea irrenunciable de que la jardinería naturalista puede convivir con la formal. Pero no es suficiente. Todo el día leyendo sobre la Dutch Wave y sembrando vivaces para luego aterrizar en mi jardín y sentirme desolado con la falta de un seto bien podado. Cada día que pasa sentimos que necesitamos más elementos estructurales, echamos en falta un cierto grado de formalidad, una dosis creciente de geometría. ¿Qué le pasa a mi genio del lugar, por qué me hace esto?. Pues le pasa que los principios señalados también se ajustan a particularidades. Puede que la cultura actual sienta la naturaleza en retroceso, pero para nosotros es muy difícil sentirlo así. Nuestro jardín intenta crecer en mitad de un joven bosque de Quercus pyrenaica, que con sus rebrotes no duda en devorar cualquier cosa que se le plante delante. Después de tratar de atravesar cualquiera de las parcelas que nos rodean sin acumular menos de media docena de arañazos en las pantorrillas, habría que ser extremadamente pesimista para ver naturaleza en retroceso a nuestro alrededor. En los caminos de nuestra urbanización este invierno ha aparecido un corzo devorado por los lobos, y mi primer seto de tejo duró lo que un jabalí tardó en arrancarlo para ver qué había debajo. Así que en nuestro caso, aún siendo conscientes de los problemas ambientales del mundo y siendo fieles seguidores de las plantaciones de estilo naturalista, necesitamos algo de orden. Estoy seguro de que si abandonásemos nuestra parcela durante un período de diez años, el bosque recuperaría todos los caminos que he abierto durante años de motosierra y desbrozadora. No es una teoría romántica, me basta con mirar a mi alrededor. En nuestra urbanización hay parcelas en las que por falta de tiempo o ganas los propietarios no practican la jardinería. Pues bien, en ellas el mayor paseo que se puede dar es el del camino de entrada hasta la casa. Más allá de esta frontera, se encuentra la selva de robles y jaras en la que más vale que te armes de algún objeto contundente y buenos pantalones para abrirte camino. En su libro Jardines, Los Verdaderos y los Otros, Umberto Pasti dice que un jardín no puede nacer de la violencia ejercida sobre la tierra, ni siquiera el jardín más formal, que hacer un jardín es obedecer, obedecer a la calidad del suelo, a la exposición al sol, a la disponibilidad del agua, al clima. Que los grandes jardines surgen de una atentísima escucha de la voz de la naturaleza y son el resultado de la obediencia absoluta a la voluntad del Genius Loci. También nos aconseja que nos lo pensemos mucho antes de eliminar cualquier forma de vida vegetal del lugar donde nos disponemos a plantar nuestro jardín. Bien, en cierta medida puedo estar de acuerdo. Con pocas flores he disfrutado tanto como con las orquídeas salvajes que nacieron aquí y allá por nuestra parcela el año pasado. Y nuestro plan es dejar grandes zonas de nuestra parcela sin ajardinar. Pero con miedo a que alguien se piense que soy una persona violenta, créanme que en mi parcela no puede haber jardín sin grandes dosis de ella. Después de años deslomándome he tenido que rendirme a la evidencia de que hachas, picos y azadas son insuficientes. Para pelear contra un bloque de arcilla surcado por una red inexpugnable de raíces necesito un arma más poderosa, y el año pasado me he rendido a los mercenarios servicios de una buena retroexcavadora. Y así al fin hemos comido patatas de nuestro huerto, y por fin empezamos a hacer caso el Genius Loci del lugar, que a veces no está tan del lado de la naturaleza y en nuestro jardín grita como un poseído: ¡Pero pon un seto de algo ahí, alma de cántaro, ordena este desastre!. Créanme. Yo lo oí.

Algunas fotos de lo que se encontró nuestro Genio del Lugar el día que le llevamos a visitar por primera vez nuestra parcela.




En esta foto se puede observar un bosque que quiere tragarse mi recién nacido huerto de patatas y judías. Y a mis hijas si nos despistamos.

El Genio del Lugar es esclavo de la topografía y otros elementos naturales. Para hacer nuestro huerto tuvimos que resolver la enorme pendiente de la parcela. Para proteger nuestro huerto de jabalíes y corzos es inevitable contar con una buena valla. Para que esto se parezca a un jardín necesitamos un seto que oculte la valla. Y aquí ese seto no puede ser informal, porque la informalidad nos sale por las orejas.

Vistas desde nuestra cocina. Bonito, ¿verdad? Sí, pues ya ven, nuestro Genio del Lugar no sé que intenta decirnos sobre esta zona. Aún no hemos terminado de entender qué le desazona, pero seguimos trabajando en ello.




Y para acabar el paisaje que nos rodea. Sí, por estos caminos y estas montañas pasean zorros, ginetas, gatos monteses, conejos, liebres, ratones, topos, corzos, jabalíes, lobos y como nos despistemos vuelven los osos. Mi Genio del Lugar no me cree cuando le hablo de la naturaleza en retroceso.






martes, 3 de marzo de 2015

Coníferas

Deben haber pasado la friolera de 30 años desde que mi padre se presentó en casa con un abeto por Navidad. Aquello puso fin a la costumbre de adornar una rama de pino y de manera tan simple pasamos del delito ecológico (desconozco de dónde sacaba mi padre aquellas ramas de pino, pero el hecho de que siempre apareciesen de madrugada en el salón de casa no me da buena espina) a un modelo sostenible muy precoz para la época. El abeto se adornada (casi siempre de más), se cuidaba lo posible para que la tórrida calefacción no lo dejase sin una hoja antes del día de Reyes, y llegado el 7 de Enero se plantaba en el jardín familiar. Diría que cuando empezamos éramos una rareza. Fuera de viveros, y a veces dentro, era complicado encontrar un abeto. Con el tiempo los ha habido a granel hasta en los centros comerciales, con picos de especial virulencia en los que por Navidad parecía haber un abeto en cada esquina de la ciudad. Lo que había eran abetos repicados, claro, que viene a ser como comprarse una lechuga con acículas... el tiempo que van a tardar en ponerse mustios es parecido. Y así el año nuevo arrancaba con un palo seco en cada esquina de la ciudad. Y en nuestro salón, porque ni los mejores cuidados consiguen que un abeto que no tenga una buena raíz sobreviva en un salón de casa. Ni posiblemente en el mejor de los jardines. La moda pasó, ahora se imponen los abetos de plástico, aunque algunos abetos repicados quedan, y también de los otros, de los enraizados que dan mucho mejor resultado, dónde va a parar. 
Desde aquel primer abeto hasta ahora ha habido otros muchos. Primero en el jardín de mis padres y luego en el mío. Y algunos, como aquel de hace treinta años, son ahora árboles de una vez de los que uno difícilmente podría decir que en algún momento hayan pasado unas navidades en un piso soportando quince kilos de guirnaldas y bolas de colores. Puede que sea por esa costumbre familiar por la que el abeto y las coníferas por extensión estén entre mis árboles favoritos. Desde el momento en el que nos compramos una parcela, tuve claro que quería dedicar un trocito a las coníferas. Trocito que al final ha sido una cuarta parte de la parcela. Gracias a internet he conseguido especies con las que cuando era un chaval no me atrevía a soñar. Y todavía no he abordado el cultivo desde semillas, entre otras cosas porque me estoy quedando sin sitio y hay que empezar a pensar en parar. Poquito a poco, mis bosquete (el -ete lo impone el tamaño del bosque y de los árboles) ha ido contando con más y más especies, y al hacer recientemente un recuento me he quedado algo asustado de mi monomanía. Ya tengo más especies de las que aparecen en algunas guías de árboles de andar por casa. A día de hoy: 

Abies alba, Abies balsamea, Abies cephalonica, Abies concolor, Abies fraseri, Abies homolepis, Abies lasiocarpa, Abies magnifica, Abies nordmanniana, Abies numidica, Abies pinsapo, Abies procera, Abies veitchii, Abies x masjoanis, Cedrus atlantica, Cedrus atlantica Glauca, Cedrus deodara, Cedrus libani, Cunninghamia lanceolata, Cupressus sempervirens, Juniperus communis, Juniperus thurifera, Larix decidua, Larix kaemferi, Picea abies, Picea omorika, Picea orientalis, Picea pungens, Picea wilsonii, Pinus cembra, Pinus flexilis, Pinus heldreichii, Pinus koraiensis, Pinus nigra, Pinus pinaster, Pinus pinea, Pinus strobus, Pinus sylvestris, Pinus uncinata, Pseudotsuga menziesii, Sciadopitys verticillata, Sequoia sempervirens, Sequoiadendrom giganteum, Taxodium distichum, Taxus baccata, Tsuga canadensis

Qué quieren que les diga, algún graciosillo malicioso podría decirme que podríamos llamarlo el bosque del hombro, porque la mayoría de estos árboles es a lo que aspiran, a llegarme a la altura del hombro... pero el tiempo cuenta a mi favor, y como alguno se me pase de gracioso empiezo a hablar de mi Pinetum. 


3 Pícea abies (lo que en España llamamos Abeto de Navidad), un Abies nordmanniana y un Abies pinsapo.
 Estos cinco árboles se corresponden con nuestras primeras cinco Navidades en nuestro terruño.  
De izquierda a derecha Abies nordmanniana y dos Picea abies. 
Contrastes que hacen que todas las horas de pico y pala merezcan la pena. 
De izquiera a derecha: 2 Picea abies, Abies nordmanniana, Abies pinsapo sobre fondo de encinas. 
Picea pungens. Por detrás asoma un Abies balsamea y al fondo Pinus nigra y Pinus sylvestris
Las acículas azuladas de la Picea pungens
Abies x majoanis, un híbrido de las dos especies nativas en España.
Surgió en la masía de Masjoan por la fecundación de piñas de un Abies pinsapo con el polen de Abies alba. 
De izquierda a derecha: Picea pungens, Abies concolor, Pinus flexilis, Picea wilsonii
Detalle de Abies concolor. Este árbol me lo encontré perdido en un vivero en Valladolid. 
Pinus strobus
Pinus sylvestris y Pinus nigra. Miles de hectáreas de estos árboles de repoblación nos rodean. 

Pinus nigra
Pinus sylvestris
Sequoia sempervirems, creciendo (poco) al límite de su tolerancia por frío y falta de humedad
Cedrus atlantica. Uno de los primeros árboles que planté y uno de los primeros que un corzo destrozó.
 Pero se recupera, poco a poco se recupera.
Nieve sobre Larix decidua. Un árbol que es un estallido de color en primavera y otoño.
¿Por qué no tengo fotos suyas de esas fechas? No lo sé, es un misterio.
Nieve sobre Cunninghamia lanceolata, árbol al que no le vaticino un prometedor futuro con nosotros.
No parece llevarse bien ni con nuestros fríos, ni con nuestros calores, ni con nuestro suelo. 
Sciadopitys verticillata, que por ahí llaman Pino sombrilla del Japón.
El único árbol hasta la fecha que en mi terreno ha sufrido problemas de clorosis férrica. 
Detalle de Pícea abies
Detalle de Cedrus atlantica
Detalle de Sequoiadendrom gigateum, uno de mis fracasos. No hay forma de que crezcan.  
Pseudotsuga menziesii, el famoso Abeto Douglas. 
Detalle de Abies concolor.
Pinus flexilis Vanderwolf Pyramidalis. Un árbol precioso que se está desarrollando muy bien
Tsuga canadensis, un árbol que está creciendo sorprendentemente bien en nuestro clima.
Pinus cembra
Juniperus communis. Este no tengo que sembrarle, nacen solos por la zona.
Pinus pinaster.
Un árbol colonizador en tantos y tantos arenales de nuestra Castilla que en mi parcela sufre con la arcilla. 
Abies cephalonica, una especie muy parecida a nuestro Pinsapo y procedente de Grecia

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...