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martes, 2 de octubre de 2012

Monstruitos en Japón


Mi madre plantaba monstruitos. No es muy dada a emplear nombres en latín ni pijadas por el estilo. En su jardín todos los años había rosas, petunias, dalias, zinias y monstruitos. Aún hoy no me atrevería a decirle que sus monstruitos en realidad se llaman Kochia scoparia porque sé que me va a responder con un vale hijo, vale. Como mucho me aceptaría que los llamase pinillos, pero hasta ahí. Tonterías las justas.
Supongo que lo de monstruitos tendrá que ver con el parecido de las Kochia scoparia con Casimiro, un bichejo que de niños nos daba las buenas noches a los españoles que ya tenemos una edad. La Kochia scoparia es una planta bastante dura, con aspecto de pequeño ciprés rechoncho, que se reproduce con mucha facilidad y destaca por variar desde un intenso verde en verano hasta el rojo escarlata en otoño. Es una planta sencilla que me gusta, pero nunca me hubiera imaginado que nadie pudiera hacer algo así a base de monstruitos. 




Se trata del Hitachi Seaside Park, en Hitachinaka, prefectura de Ibaraki, Japón. Es un  ejemplo de lo que son capaces de conseguir los japoneses con tan poco, el enorme poder evocador de jardines desarrollados con semejante orden, pulcritud y limitación en el uso de recursos. Sus jardines exigen la contemplación, la pausa y la serenidad y nos hacen sentir intensamente la naturaleza a través de una interpretación artificial de la misma. Un jardín Zen no es minimalismo, el minimalismo es Zen. 
En Europa no sabemos, cuando nosotros empleamos orden, pulcritud y poca variedad de elementos lo que nos sale es la artificiosidad de Versalles. Cuando en Europa hemos conseguido jardines capaces de evocar poderosamente la naturaleza lo hemos hecho a través de la exuberancia y el desorden programado de Piet Oudolf. Quizás Fernando Caruncho consigue diseñar a la japonesa, pero sus jardines no son naturalmente evocadores, son "agrícolamente" evocadores. De hecho si hay algo en Europa que me cause el impacto emocional de los jardines japones son los paisajes agrícolas. Las llanuras cerealistas castellanas, los viñedos del valle del Duero, los campos de lavanda de Provenza, los olivares de Jaen o las suaves colinas de la Toscana son nuestros jardines japoneses. Y quizás esa sea una de las claves. En Europa y Estados Unidos es difícil encontrar jardines del tamaño de Hitachi Seaside Park porque nuestro concepto de la naturaleza se reparte entre el duopolio "cultiva y saca todo lo que puedas" o "ni se te ocurra tocarlo". Nos gustan los terrenos cultivados y los parques naturales o nacionales o reservas de la biosfera o la primera figura de protección que se nos ocurra. El resto son terrenos en los que no nos sentimos cómodos, así que solemos optar por cargárnoslos llenándolos de casas, césped y asfalto. ¿Hay alguien en Occidente en estos tiempos dispuesto a plantar unas cuantas hectáreas de Kochia scoparia con fines puramente estéticos?. ¿Habría gente dispuesta a visitarlo con el único fin de disfrutar con la visión del resultado?. Quizás sí, el valle del Jerte se llena cada primavera de turistas que acuden al reclamo de los cerezos en flor, por qué no iba a ocurrir los mismo con enormes praderas de Kochias scoparia de un rojo vivo en otoño. 
Kochia, zinnias, cosmos, margaritas, amapolas, narcisos, lavanda, girasoles y las espectaculares Nemophilas azules son algunas de las complicadas plantas elegidas para crear este jardín. Los japoneses saben que con amor a la estética y la belleza no hace falta mucho más.












Fuente: Hitachi Seaside Park

martes, 10 de julio de 2012

Millenium Forest

Si en una entrada anterior decía que los grandes paisajistas suelen arrastrar una huella, una especie de marca de identidad que los vincula irremediablemente a sus orígenes climáticos y culturales, hoy vengo a decir algo que puede parecer contradictorio: los grandes paisajistas son universales y globales. Universales porque son capaces de crear paisajes que contienen elementos de proporción, ritmo y equilibrio que tocan el alma de cualquiera porque responden a patrones y valores intrínsecos al ser humano. Globales porque pueden crear sus obras en cualquier país y clima que les plantee un reto delante. Fernando Caruncho es el jardinero mediterráneo, pero el jardín que diseñó en Nueva Jersey es una maravilla. Piet Oudolf es el plantsman holandés, y su jardín en Barcelona es una joya. Y uno de mis paisajistas preferidos, Dan Pearson, es inglés, pero si hace un tiempo publiqué una entrada de su obra italiana, hoy lo hago de la japonesa. El Millenium Forest.
Este espacio de 240 hectáreas al norte de Japón, es el resultado del cargo de conciencia de Mitsushige Hayashi, un empresario del mundo de la prensa que pretende contrarrestar las emisiones de CO2 de su industria con un jardín de ambiciones milenarias. Lo de milenario procede de una idea bastante romántica a la altura de la cultura japonesa: debemos dejar de tomar decisiones basadas en el minúsculo margen de tiempo de una vida humana y adoptar como criterio un sentido milenario del tiempo basado en el rango temporal de la vida de los árboles. ¿Cómo sería nuestro entorno si dejáramos de explotarlo y tratáramos de coexistir con él? Los responsables del Millenium Forest creen que la respuesta está en los bosques. Lo de contrarrestar las emisiones de carbono quizás sea lo de menos, para mi lo más interesante del sueño del empresario japonés es la idea de creación y preservación de un espacio abierto abierto al público con el objetivo de educar, concienciar y enamorar. En base a las fotos de este lugar, no me puedo creer que nadie que haya paseado por él sea indiferente al futuro de los bosques de un país como Japón, que pese a los tópicos, es de los más forestados del mundo. Educación como pilar de la conservación. 
El jardín es un ejemplo más de que un clima con predominancia invernal no es incompatible con jardines espectaculares en todas las estaciones. La extensión del archipiélago nipón hace que su clima vaya de lo subtropical, hasta el caracterizado por un invierno que se extiende desde Septiembre hasta finales de Abril castigado por grandes nevadas y heladas que superan los diez grados bajo cero. Ese último es el clima de Hokkaido, la isla más norteña del archipiélago donde se encuentra el Millenium Forest. 
El Millenium Forest, como no podría ser de otra manera, es principalmente bosque. Un bosque de alerces, hayas, magnolios y robles, accesible a través de pasarelas de madera y del que se están eliminando plantas invasivas como bambú, y repoblando a través de plantaciones y siembras que luego son dejadas en libertad para que se imponga la selección natural y se obtenga un bosque sano y robusto. Se podría decir que ya estamos otra vez con el jardín salvaje y el jardín en movimiento a cuestas. Por cierto, el proceso que están realizando de eliminación mediante desbrozado del bambú para facilitar la expansión de flores y hierbas me recuerda al que estoy siguiendo yo mismo con los rebrotes de Quercus pyrenaica (con éxito muy parcial, me temo). 


Pero el parque cuenta con otras zonas abiertas a la luz años ha para fines agrícolas y que ahora se han actualizado con el fin de facilitar y promover la integración de la gente con la naturaleza de la zona. Puede que sean estos espacios abiertos los que sean más interesantes desde el punto de vista de la creación paisajística y donde el estudio de Dan Pearson ha demostrado su buen hacer.  La primera, el Earth Garden,  es un espacio de 5 hectáreas con el que te topas al emerger del bosque. Para facilitar la transición de la sombra a la luz y suavizar el enlace del jardín con las montañas circundante se ha moldeado el terreno con una serie de pequeñas colinas cubiertas de hierba. Land Art para sensibilizar al espectador sobre el paisaje que le rodea. 

El segundo es mi favorito, el Meadow Garden, una pradera de arbustos y hasta 35.000 perennes que consigue emular la flora nativa de la zona. Es uno de los mejores ejemplos que he visto sobre cómo una interpretación, que no imitación, de la naturaleza, puede potenciar la sensación de salvaje y espontáneo hasta límites insospechados. Su objetivo es equilibrar el jardín con el entorno salvaje y ayudar a comprender a los visitantes la relación entre la flora nativa y las plantas que sólo solemos ver en jardines.







 Además de estos jardines, el parque cuenta con una granja de productos lácteos, y un huerto que produce frutas y verduras para el restaurante del parque. Estos dos componentes cierran el ciclo de relación entre el hombre y la naturaleza y dan plenitud al objetivo educador del lugar. 

viernes, 10 de febrero de 2012

Tanto que aprender


Esta mañana me alegraba de las podas inteligentes que están realizando este invierno en los árboles de mi ciudad. Y del esfuerzo por replantar los árboles perdidos. En la poda, eliminan las ramas que apuntan hacía abajo con ganas de arañar el techo de los autobuses, alguna interior que se cruza, y poco más. El resultado de la poda es una copa más elevada, proporcionada y abierta a la luz y en definitiva, nadie diría que el árbol ha sido podado. Además, las ramas que cortan pasan directamente por una trituradora, que es la niña de mis ojos, para hacer compost. Todo como Dios manda. 
No siempre ha sido así, o mejor dicho, nunca ha sido así. No hace ni cinco años desmocharon los plataneros del parque empresarial donde trabajo en el mes de octubre. Un inciso. Desmochar: Quitar, cortar, arrancar o desgajar la parte superior de algo, dejándolo mocho. Mocho: que carece de punta o de la debida terminación. Qué sabia es la lengua castellana. Los desmocharon, decía, en el mes de octubre cuando las hojas empezaban a amarillear, y alguien me argumentaba que era lógico, porque así se evitaban tener que recoger hojas durante todo el otoño. Esto es como la solución de Bush a los incendios forestales, cortamos los árboles y así no se queman. Los plataneros, que deben ser la especie más sufridora de este planeta, se recuperaron (los que se recuperaron, algunos aún lucen cuatro ramas raquíticas por encima del muñón) pero  por favor, dejemos a los plataneros en paz, sigamos el ejemplo de los londinenses, que tienen la ciudad llena de plazas como esta:
De momento, en mi ciudad los últimos años los han respetado, aunque igual por falta de tiempo, porque el año pasado estuvieron ocupados destrozando los Negundos  de la calle a la que da la ventana de mi oficina. ¿Por qué? No lo sé. La enorme rama horizontal del cedro del Líbano de la Fuente de la Fama del Campo Grande de Valladolid, muchos años sostenida por un cable de acero sujeto sobre el tronco protegido por listones de madera ha desaparecido en mi última visita. ¿Seca? ¿Riesgo para los viandantes? ¿Riesgo de desgaje para el árbol? ¿O simple desidia para evitar el mantenimiento de los tensores? No lo sé. 
Desconfío, y eso que ya ni siquiera sé por qué me extraño, ayer mismo un amigo que está buscando una casa me hablaba de un chalet que había visitado, y uno de los valores de la vivienda en cuestión era que tenía el patio solado con una buena capa de hormigón. Vivo rodeado de herejes. Por contra, como para demostrar la teoría de equilibrio de fuerzas en el universo, hace poco me he encontrado con lo que hacen en el parque Kenrokuen de Japón para proteger los árboles de las nevadas. Cuerdas atadas a los extremos de las ramas y reunidas en un vértice como una tienda de campaña, para soportar el gran peso de la nieve de un clima frío y muy húmedo. Postes apuntalando las ramas horizontales de pinos antiquísimos. A partir del 1 de Noviembre, un enjambre de jardineros se ponen manos a la obra y protegen sus árboles con la meticulosidad de un pueblo capaz de polinizar cerezos a pincel:



Fuente: Chotomatte

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