sábado, 15 de octubre de 2011

Un sueño

Vistas desde la terraza de la ladera colindante al este con la mía, sus laderas orientadas al sur limpias, luminosas, verdes, plateadas, repletas de ordenadas y rectísimas hileras de cepas y bosquetes de olivos... plantados por mí, por supuesto.
Ferenc Maté me está haciendo tanto daño.

lunes, 3 de octubre de 2011

Demasiada sinceridad

Este fin de semana recordábamos la descripción tan ajustada que hizo Miguel, nuestro constructor, de nuestra parcela:
"En verano te torras, el sol quema que es un primor. Y lo peor son las moscas, hay días que es inaguantable. Por no hablar de los tábanos, enooooorrrmes. Te acribillan constantemente, insoportable. Y todavía el verano es llevadero, porque luego el invierno es peor, el frío es insoportable, un infierno, y la mitad de los días no hay quien llegue con la nieve... eso sí, el sitio es idílico, eh.

Nos han copiado

Este fin de semana hemos tenido evento social en el terruño. Han venido a visitarnos, Tx, Pe, D y Cv. Los pequeños se lo han pasado en grande (ya podemos decir que hemos rentabilizado el arenero) y los padres también. Creo que a nuestros arquitectos les encanta la idea de casa y jardín que crece al ritmo de nuestras hijas (a veces creo que nuestras hijas llevan ventaja) Por la tarde hemos pasado a fisgonear (esto es una manera sutil de decirlo, arrastrarse por debajo de puerta de la valla para ver una casa en construcción seguro que tiene otros calificativos más exactos) la casa de madera que están terminando dos parcelas más allá. Teníamos la excusa de estar "invitados" por el arquitecto creador de la casa, que es amigo de los nuestros. La casa es el segundo cubo de la zona (copiotas) y es realmente interesante, con un bonito diseño y una vistas espectaculares desde el salón. Creo que entre G. y Cv. ha habido algún momento de pelusilla, a cuenta de los ventanales y la fotogenia de la casa. D y un servidor no lo tenemos tan claro, la casa está muy bien pero es algo pequeña y no damos el canto un duro por esas fachadas de tablas de pino onduladas. La madera en nuestro clima se raja.
Me ha gustado la explicación de Cv sobre las diferencias entre esa casa y la nuestra: la nueva, elevada sobre el terreno facilita el reportaje fotográfico. La nuestra, clavada en la pendiente y rodeada de árboles es un infierno para enseñarla en un catálogo, lo más que vas a conseguir son comentarios del tipo: "muy bonita... pero por donde entra la luz". Cv dice que nuestra casa se integra con el entorno y facilita la interacción de sus habitantes con él, como muestra la pradera de cesped que parece una prolongación de la cocina o las encinas que se cuelgan sobre el tejado. Me parece un análisis acertado, y por la tarde se lo completaba a G. con mi idea sobre el ventanal del salón: no tendremos unas grandes vistas (grandes en el sentido de amplitud, claro), pero se va a parecer bastante a la imagen de un salón de té japonés.

domingo, 2 de octubre de 2011

Lógica aplastante

En el aeropuerto de Reikiavik mis hijas juegan en una de esas zonas preparadas para niños que hay por todas partes en Islandia. La mayor, de vez en cuando se acerca hacia mí para preguntarme por la traducción al inglés de alguna expresión que necesita para gestionar sus derechos sobre algún juguete que le quieren birlar (la repetición de una niña de cinco años de una frase que ya era incomprensible en boca de su padre a otro infante que muy posiblemente tampoco sepa inglés, da los resultados que nos podemos imaginar) Un momento cómico es cuando corre hasta mí y enfadadísima me exige que le diga como se dice en inglés: EHHHHHH!!!!
Pero lo mejor viene después en la charla con su madre:
-Mama, he estado hablando con una niña en inglés.
-¿Ah sí? ¿Y qué le has dicho?
-No sé... no me acuerdo.
-¿Y ella que te ha dicho a ti?
-Yo qué sé mamá, ¿no te digo que hablaba en inglés?

Dulce y amargo

El proceso es más o menos así: presionas ligeramente con los dedos índice y pulgar hasta que notas que uno de ellos cede con suavidad de almohada. Sin liberar la presión, giras levemente la muñeca (no creo que el sentido del giro importe, pero seguro que hay alguna corriente que dice que está más sabroso si giras en el sentido de las agujas del reloj... o viceversa) hasta que se desprende. Ahora hay que prepararse para lo mejor: acercas su morro a tu nariz y aspiras, primero levemente y después con fuerza. Debes estar preparado para la oleada de dulzor que inunda tu cerebro. No todo el mundo lo está, G. no los soporta. A partir de ahí ya te lo puedes comer, aunque yo prefiero ensañarme y abrirlos primero para ver su apocalíptico interior morado.
Hasta aquí lo dulce, la hermosa experiencia de mi primera cosecha (sólo una docena, pero qué docena). Después, ay, sólo una semana después, lo amargo: bajo la iluminación de los focos del coche veo que su inclinación no es normal. A la carrera, con L. pelada de frío en brazos, me acerco hasta ella y noto que está seca y desprendida. Dejo para la luz del sol la búsqueda del culpable (¿jabalí, perro, intruso de dos patas?) y me voy a la cama pergeñando venganzas. A la mañana siguiente la extraigo sin esfuerzo, con la facilidad que da un tronco limpiamente cercenado, con huellas de diminuto castor. ¿Topo, ratón? Qué más da ya. Esta tierra no es para sentimentales. Adiós a la higuera de Juan.

lunes, 22 de agosto de 2011

El mundo sin nosotros.

No hace mucho he terminado el ensayo de Alan Weisman El Mundo sin Nosotros. Desde que en alguna entrada de un blog (creo que fue en el de Antonio Muñoz Molina) me enteré de la existencia de este libro, le busqué con cierta ansía en su versión en español, porque respondía a una idea que he manejado durante años, casi siempre en los minutos previos a dormirme: ¿qué sucedería si el hombre desapareciera de manera súbita de la tierra? En su libro, Alan Weisman parte de la premisa de que la desaparición del hombre fuera súbita e indolora, algo mágica, una desaparición en la que no tuviéramos tiempo ni de recoger la mesa, y a partir de allí elucubra sobre qué sucedería con ciudades como Nueva York, monumentos, zonas contaminadas, centrales nucleares y otras creaciones humanas. Como se podía esperar, he disfrutado especialmente con los capítulos en los que trata de la que sería la evolución de los bosques y la fauna (esa imagen de Nueva York ganada por los bosques me hipnotiza), en una visión que es especialmente optimista sobre su capacidad de recuperación. El autor se apoya en la espectacular evolución de los bosques en la zona de Nueva Inglaterra después del abandono de miles de granjas y en lo que está sucediendo en zonas de exclusión humanas como el área de Chernobil, o las franjas verdes de Chipre y las dos Coreas. De acuerdo a lo que sucede en estas zonas, cabría esperar que si el hombre deja de tocar las narices, la capacidad de recuperación de los bosques frente a otro tipo de ecosistemas es mayor que lo que algunos ecologistas agoreros pronostican. No he podido evitar pensar en esto después de mi última visita al P. La parcela lleva prácticamente abandonada los dos últimos años y la capacidad de supervivencia y crecimiento de los árboles sin ningún tipo de riego me deja boquiabierto. Que árboles como encinas, pinos, cipreses, almendros y cedros bien asentados medren en un páramo calizo era algo previsible, pero que después de dos años sin ningún tipo de riego, arces, álamos, píceas, fresnos, un acebo, un castaño y un haya luzcan sanos y vigorosos es algo que me llena de asombro. Yo apostaría que con el paso de los años y la inevitable llegada de años más duros de la media, muchos de estos árboles sucumbirán, pero no es menos cierto que por toda la parcela ya he visto alguna encina y almendro nacidos por generación espontánea, por lo que si tuviera que apostar algo, yo diría que en lo que era una parcela yerma, el bosque ya lleva todas las de ganar.
Por desgracia parece que las pesimistas previsiones de Weisman respecto a la durabilidad de las construcciones humanas también se cumplen en este caso, y las grietas que recorren la casa no vaticinan nada bueno.

Lo que nos perdemos

A primeras horas de un día que promete ser tan abrasador como el anterior, aplastado por la humedad que ha dejado en el ambiente la tormenta de la noche, escucho el canto de los abejarucos y como siempre me voy hasta los felices días de comienzos de Septiembre, cuando en el ambiente se intuía el fin de los calores y la cabeza soñaba con el final de los exámenes. Hoy busco con la mirada la bandada de abejarucos y, distantes como siempre, los veo en ese vuelo entrecortado que realizan chillonamente, rodeados de veloces vencejos y vigilados desde alturas imposibles por dos majestuosos buitres, mientras pienso: ¿cuántas cosas me perderé por no mirar al cielo más a menudo?

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