lunes, 26 de marzo de 2012

Comidas al aire libre

  • Teorema primero: el culmen de las relaciones sociales son esas largas comidas en las que un grupo numeroso de amigos llevan la sobremesa hasta los límites de su resistencia física. 
  • Teorema segundo: una comida al aire libre en un entorno cálido, luminoso y saludable y con alimentos cocinados y a poder ser producidos a pocos metros de la mesa, es superior a una comida en cualquier otro formato inventado o por inventar.
  • Teorema tercero: el agroturismo es una idea inmejorable que acerca a los consumidores y productores, dando placer a los primeros e ingresos muy interesantes a los segundos.  
  • Corolario: la idea de Outstanding in the Field es pistonuda. 
Outstanding in the Field es un restaurante itinerante sin paredes. Preparan comidas con ingredientes locales y las sirven en largas mesas situadas al aire libre en ambientes espectaculares, muchas veces a pocos metros de dónde se han producido los alimentos. En definitiva, en lugar de llevar la comida hasta los comensales, buscan acercar los comensales a la comida, y sobre todo a sus productores. Viñedos, huertas, granjas, jardines comunitarios, praderas y playas son sus escenarios y habitualmente cuentan con la colaboración de algún cocinero reconocido de la región. La empresa vende entradas para este tipo de comidas que organizan en distintas ubicaciones a lo largo del año. Aunque su actividad principal es en Estados Unidos, también han hecho alguna escapada y sin irnos muy lejos han organizado un evento de este tipo en las bodegas Remelluri, en la Rioja Alavesa.






















La verdad es que mi sociabilidad es limitada, así que no termino de verme yendo a comer con un montón de desconocidos por muy buena que sea la comida o el entorno, pero me ha encantado el aspecto estético del asunto, con esas enormes mesas serpenteando entre árboles y sembrados. Si consigo llenar la mesa con amigos y familiares la cosa ya pinta de otro color, así que ya no me voy a quitar de la cabeza una larga mesa circular en nuestra pradera para celebrar la primera comunión de alguna de mis hijas. No creo que me quede igual de bien, porque seguro que no es fácil conseguir colocar mesas con ese arte, pero es que el responsable de la empresa es Jim Denevan, conocido por sus dibujos en la arena de playas. Es lo que llaman Land Art, que en este caso además es efímero. Es admirable la visión espacial que hay que tener para hacer algo así. 



domingo, 25 de marzo de 2012

Un paraíso cercano

No es raro encontrar en cualquier texto dedicado a Fernando Caruncho su siguiente frase: 

"In order to travel into the future, it is necessary to walk toward the pure clarity of the past" 
La frase, además de ser una de esas verdades que golpean en la boca del estómago, es un buen resumen de la obra de este paisajista. Fiel a la esencia de la idea, Fernando Caruncho es capaz de crear jardines que siendo un paradigma de una nueva concepción del paisajismo, son capaces de evocarnos la jardinería clásica de egipcios, persas, griegos, romanos, árabes y japoneses. Los suyos son una interpretación contemporánea de jardines clásicos. Los macizos en forma de nube de escalonia de su jardín particular, podrían estar situados tanto en Kyoto como en las laderas del Generalife, pero están en Madrid en pleno siglo XXI. 
Posiblemente esto solo sea posible para un hombre que estudiando en la universidad comprendió que una de las posibilidades que tenía de hacer filosofía en el siglo XXI era introduciéndose en el mundo del jardín, o que decide llamarse jardinero en lugar de paisajista, porque ese es el nombre que se usaba en la antigüedad y opina que cambiar un nombre es perder una conexión necesaria con la historia y olvidar que lo que pensamos son en realidad ideas intemporales que como mucho expresamos en una forma adecuada a nuestro momento histórico. 
En un mundo repleto de agresividad y fealdad, los jardines de Caruncho procuran tranquilidad espiritual. Como los jardines persas, son una búsqueda del paraíso. Quizás nuestros desiertos no sean de arena, pero si lo son sin duda de hormigón y acero, de áreas degradadas repletas de basuras y escombros, y es en este contexto donde jardines como éste surgen como un oasis. Quizás por eso no me extraña que para Caruncho el gran reto del hombre del siglo XXI sea ser jardineros de nuestra propia tierra
El elemento central de su jardín es una piscina elevada rodeada en tres de sus caras por una pérgola de columnas que soportan un enrejado de metal que sostiene una cubierta de rosas, jazmines y glicinas. Así, el jardín es como una caja con una columnata en tres de sus paredes y una ladera cubierta de densos setos de escalonia que trepan hacia un kiosko y abren el jardín a la luz y las montañas. 




En palabras suyas, el jardín es un claustro abierto en un estanque a la naturaleza. La idea central del jardín, como la de todos los suyos, es el control de la luz: su diseño de caja abierta produce contrastes, la luz y la sombra, el espacio lleno y vacío, lo mineral y lo vegetal, y en el medio de todo, el agua. En el estanque central se reflejan todas las paredes del jardín, y ese reflejo produce una vibración de la luz característica de los jardines islámicos. Pero además Caruncho hace un uso magistral del color y la estructura, el contraste entre los tonos ocres siena de la casa, las columnas, los caminos, las puertas revestidas de cobre y el verde homogéneo de las plantas, la continuidad de las líneas rectas de la casa cerrada sobre sí misma en las columnas y los setos podados que se convierte en contraste al llegar a las sinuosas escalonias del fondo del jardín.



Esto es lo que se ve, pero además este jardín es de los que se sienten, el sonido del agua, el olor y la luz mediterráneos. Sin haber estado allí siento que lo conozco. En una entrevista Fernando Caruncho afirma con orgullo, que al llegar al templete que domina el jardín, sientes como en una especie de revelación que estás en el jardín, que lo entiendes, no necesitas verlo o leerlo en ningún libro. Para mi la revelación ha sido descubrir a través de Google Maps, que entre la terraza desde la que escribo esto y su jardín, sólo se interpone un encinar de 3.000 hectáreas. Es una tontería, el jardín podría estar en la otra punta del país que mis sentimientos seguirían siendo los mismos, pero el hecho de ver a vista de pájaro tan cercano el jardín, el saber que Fernando Caruncho desayuna bañado en mi misma luz, ha funcionado como una alegoría que me ha ayudado a entender por qué me gusta tanto su obra: porque Fernando Caruncho consigue estructurar, ordenar y embellecer un paisaje en el que he crecido y me he desarrollado como persona, y que ya irremediablemente estará en mi carácter para siempre. 
Me gustaría acercarme a ver este jardín, pero el estudio de Fernando Caruncho se encuentra en una urbanización privada con control de acceso, y me temo que mis afanes paisajistas no sean un certificado suficiente para que el guarda de la garita confíe en que me voy a limitar a admirar sin robar ni secuestrar a nadie. Así las cosas, de momento Caruncho y su obra seguirá siendo una ilusión muy real que se esfuma.


viernes, 23 de marzo de 2012

Una Casa en el Bosque


G. y un servidor soñamos con tener una casa de invitados. Nosotros lo llamamos la fase 2, y hablamos de ello como si fuéramos a empezar la construcción la semana que viene. Me temo que la economía no está para fases 2 y que los invitados deberán seguir compartiendo el techo con nosotros durante bastante tiempo. Mientras, como de ilusión también se vive, seguiremos alimentando los sueños con casas que invariablemente no hacen soltar un "ves, esto es que lo que he pensado yo para la fase 2". Lo que hemos pensado para la fase 2, es una casa de diseño moderno que esté plenamente integrada en el bosque. Para que nos entendamos, una casa del estilo de la diseñada por el estudio Allied Works Architecture.



La casa además de cumplir los criterios estéticos que buscamos es de hecho una casa de invitados. El estudio recibió el encargo de levantar tres casas (la residencia principal, una casa de invitados y una galería privada) en una finca de 140 hectáreas en el condado de Dutchess, Nueva York. Cada uno de los edificios se levantará en un paisaje determinado (140 hectáreas dan para mucho). La casa principal en un prado abierto y la casa de invitados en mitad de un denso bosque de robles, hayas y caryas. De momento parece que han finalizado la casa de invitados (digamos con optimismo que siguen el proceso inverso al nuestro), que es sin duda un gran ejemplo de arquitectura integrada en el paisaje. 
La casa, a la que se llega a través de un largo camino que atraviesa el bosque, tiene una superficie de 120 metros cuadrados y su principal característica es la estructura continua de acero que forma su esqueleto. Los cerramientos y las terrazas están formados a base de paneles de madera y cristal colocados a lo largo de dicha estructura metálica. 



Me pregunto con interés si es esta solución arquitectónica la que les ha permitido levantar la casa sin arrasar con el bosque a su alrededor. El interés es egoísta: el dichoso sueño de la fase 2 no nos permite terminar con tranquilidad nuestro plan de paisajismo porque nos preocupa dejar abiertos los espacios necesarios para la construcción de la casa. Tampoco es que la cosa sea urgente, porque el plan de paisajismo tampoco va al ritmo que nos gustaría, pero encontrar una solución constructiva no impactante con el entorno, sería ideal para salir de la parálisis por análisis que a veces nos atenaza.

lunes, 19 de marzo de 2012

Quiero mis tomates

Tengo una obsesión: volver a comer tomates que sepan a algo. Con el tiempo, después de varias experiencias desagradables en las que tomates recogidos de huertos de aficionados más o menos ecológicos eran igual de insípidos que los del supermercado, he llegado a la conclusión de que los métodos de cultivo, transporte y conservación han llegado a ser lo de menos. El problema está en la pérdida genética que hemos sufrido en las frutas y hortalizas. Las semillas y esquejes de variedades híbridas se han extendido como la pólvora empujadas por intereses comerciales. Estas nuevas variedades son capaces de producir frutas más grandes, más sanas, más hermosos y tremendamente insípidas. Lo del tomate me parece el caso más significativo. Me encantan, pero ya nunca los compro, estoy cansado de comer madera de color rojo.  No hace mucho que empezamos a ver en las tiendas tomates RAF, una variedad de tomates atravesados de surcos, tonos verdosos, un excelente sabor y un precio prohibitivo. Pese al precio eran una nota de esperanza en el desolado panorama de nuestros supermercados y fruterías. Bien, pues años después lo han conseguido: los tomates RAF tienen el mismo aspecto que antes, ha bajado considerablemente su precio, y ya no saben a nada. Descorazonador. 
Hace muchos años mi padre apareció un día en casa con una sobre de semillas de tomate que le había costado un ojo de la cara. En el envase aparecía una foto de un enorme tomate de color y textura impecables que habían bautizado con el intrigante nombre de híbrido. No vimos lo que se nos venía encima. Por aquel entonces, a mi padre le sobraban las variedades de tomate, sólo con el intercambio entre vecinos te hacías con más tomateras de las que te podías permitir. A finales de agosto mi madre empezaba a hacer tomate frito en conserva y después de regalar a todos los amigos y vecinos aún había para saturar todos los armarios de la casa. No me extrañaría que veinte años después mi madre aún tenga algún frasco del excedente de aquellos años. Cuando conseguir variedades de toda la vida era tan asequible, la palabra híbrido era lo exótico. Los tomates que salieron de aquel sobre, no fueron gran cosa, aunque todos nos guardamos mucho de decírselo a mi padre, al que por cierto le daba auténtico asco el sabor del tomate y hacía esfuerzos ímprobos por tragar algún trozo bien bañado en sal y aceite. Seguro que con aquellos híbridos le costó algo menos, porque fue el principio del fin: no sabían a nada.  
De entre los tomates que plantábamos recuerdo como especialmente buenos los tomates de pera que producían las plantas que todos los años nos regalaba mi amigo Fernando. Cada año su tío (nunca he visto un huerto más primorosamente cuidado que el del tío de mi amigo en un pueblo de Zamora) guardaba alguna semilla de su producción para los semilleros del año siguiente, y cada año nos reservaba unas cuantas plantas. Aquellas plantas generaban una cantidad asombrosa de pequeños tomates con forma de pera, una piel gruesa y áspera, y un sabor tan intenso que el tomate parecía estallar en tu boca. 
Ahora, las semillas y plantones de variedades seleccionadas con fines comerciales son la norma y las variedades que hace veinte años no valorábamos porque siempre habían estado (y estarían, ay, pensábamos) se han convertido en un exotismo. El problema es que los fines comerciales se enfocan en la producción, el aspecto, tamaño y conservación y dejan de lado el sabor. Es absurdo, producimos comida sin preocuparnos del sabor. Es como publicar libros sin preocuparse del contenido. Aquí tienes, fíjate que encuadernación, es precioso, y mira, mira lo poco pesa. Ya, ¿y qué cuenta?. No sé, qué más da, a quién le importa. Nos dicen que es la ley de la oferta y la demanda, pero yo creo que es la tiranía de la oferta, no nos dan la capacidad de elegir ¿De verdad nos dan lo que los compradores exigimos? ¿Los compradores exigimos que todas las frutas y verduras tengan un aspecto impecable y no sepan a nada? ¿Los compradores sólo nos preocupamos por el precio? ¿Todos? ¿No hay nadie que preferiría comprar las fresas más pequeñas y sabrosas de antaño antes que los enormes fresones más bien insípidos que saturan por estas fechas todos los supermercados? ¿Sólo yo? Creo que es fácil entender lo que ya no tenemos con las siguientes fotos que he sacado de internet (aleluya!!!, si alguien los fotografía es que aún existen). Este era el aspecto que tenían los tomates cultivados por mi padre. 

Surcados, feos, pero con un sabor inolvidable. Y fáciles de conservar. No era raro que en los meses de diciembre y enero siguiéramos comiendo ensaladas de los tomates recogidos antes de la llegada de las primeras heladas. Nada que ver con la asombrosa capacidad de inundar de moho en una sola semana toda una estantería del frigorífico (en eso, sí son inigualables los de ahora) En fin, Al menos hay un rayo de esperanza. Un buen número de viveros, profesionales y aficionados se están preocupando de la conservación de frutas y verduras tradicionales. Hay gente que está invirtiendo tiempo y dinero en recoger esquejes de frutales tradicionales en su zona para injertarlos en sus huertos y garantizar su supervivencia. Y gracias a esta poderosa herramienta que es internet, no es complicado encontrar semillas de variedades tradicionales. Esa es la esperanza que nos queda, producir nuestras frutas y verduras a la espera de que la humanidad recupere la cordura y podamos volver a encontrar en los supermercados cosas así: 


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