martes, 13 de marzo de 2012

Arces Japoneses

En el salón de casa tenemos un gran ventanal que a G. se le hace pequeño. Pequeño o no, el ventanal abre la casa a una zona boscosa de la parcela protegida por el muro de contención de la pequeña pradera de césped. Las vistas de esa zona desde el salón son realmente bonitas, por lo que siempre tuvimos claro que debían quedarse como estaban o que cualquier plantación que hiciéramos debería estar a la altura. Como no podemos estarnos quietos nos la hemos jugado con la segunda opción. La idea era añadir una pincelada de color  en primavera y otoño, algo que suavizase la aspereza de la parcela sin estropear el aspecto boscoso y descuidado de la zona. Y así llegamos a los arces japoneses. 
Viveros que tengan arces japones hay muchos, viveros que tengan tantas variedades de arces japoneses como las que tienen en el vivero holandés esveld hay pocos. Unas 27 páginas con 20 variedades de Acer palmatum cada una, hagan cuentas. Un cifra imposible para que una mente indecisa como la mía se decida. Como este vivero es una maravilla (no sólo en arces japoneses, es una maravilla en casi todo) nos hacen el favor de ofrecernos un promoción de cuatro u ocho arces japoneses seleccionados por ellos de entre todas sus especies. El precio es más barato, ayuda a los indecisos y con todo, no fue eso lo que me decidió. Si me decidí a comprar la promoción de 8, fue por lo estimulante que me resultaba recibir una caja en mi casa con 8 sorpresas dentro. 
El pedido lo realicé en octubre del año pasado, con la idea de ver los colores otoñales de los árboles, y en eso me equivoqué. No contaba con que el mes de octubre iba a ser una elongación de un de septiembre caluroso y los árboles llegaron algo tocados. Por lo demás, la planta es de calidad y venía cuidadosamente empaquetada. Un detalle del funcionamiento de este vivero: realizas el pedido, recibes la planta y sólo después haces el pago. Eso es lo que se llama tener confianza en tu producto (y en el ser humano, claro)
Al fin, este fin de semana hemos plantado nuestros 8 Acer palmatum, más uno que habíamos comprado en viveros el ejidillo a precio de chollo. De momento, mis arces no se ven si no se fija uno con mucha atención, así que vamos con fotografías de lo que esperamos que algún día lleguen a ser. 

Acer palmatum emperor


Acer palmatum okina


Acer palmatum hida hanabi
Acer palmatum kagiri nishiki


Acer palmatum ryu sen

Acer palmatum mardi grass

Acer palmatum obata

Acer palmatum isobel
Fuente: esveld

miércoles, 7 de marzo de 2012

The Garden Book

Nunca sabe uno dónde va a encontrarse un regalo, y en la tienda del la Tate Modern Gallery de Londres me encontré por solo 7,95 libras, una ganga, The Garden Book, un vademécum de los jardines del mundo. 
El libro contiene una lista de 500 jardines y proyectos de paisajismo de todo el mundo, con una foto y un breve texto descriptivo para cada uno de ellos. Nada con lo que profundizar demasiado, pero sí una excelente referencia para tener a mano una visión global de la jardinería a lo largo de la historia en el ancho mundo.
Me resultó sorprendente la escasa convergencia entre dos conjuntos, uno enorme (500 para algo así me parece una cifra enorme) y otro mucho más acotado pero modestamente creo que no despreciable: de entre los muchos jardines que conozco (por desgracia más virtualmente que físicamente) en la lista de 500 no debían aparecer más de 20, y la mayoría eran españoles. 
El libro no es una recopilación de jardines, sino una recopilación de jardineros, patrones y propietarios para cada uno de los cuales se incluye su obra más representativa. Esto de hacer listas siempre es una tarea imposible, y en este caso no sé cuál habrá sido el criterio de los autores, pero el tamaño de la selección y el hecho de que aparezca ordenada alfabéticamente por el nombre del autor o dueño del jardín, sin tener en cuenta ningún otro criterio estilístico, geográfico o temporal, hacen que navegar por el libro sea ciertamente caótico. Al final del texto de cada jardín, aparece una lista de los otros autores incluidos en el libro que comparten aspectos en común con éste, por lo que no puedo pasar más de cinco páginas sin empezar a saltar de un lugar a otro, como en aquellos libros de vive tu propia aventura que se pusieron tan de moda cuando ni soñábamos con las vídeo consolas. 
Como muestra de lo poco que da de sí una lista de 500 jardines para cubrir todo lo que habría que cubrir, ahí van los españoles incluidos: 
  • Alfabia, en Mallorca
  • Pabellón Barcelona, en Barcelona
  • El Buen Retiro, en Madrid
  • Casa de Pilatos, en Sevilla, 
  • El Generalife, en Granada
  • El Jardín del Palacio de Aranjuez
  • La Granja, en Segovia
  • El Jardín de Heidi Gildemeister, en Mallorca
  • Medina Azahara, en Córdoba
  • Monasterio de San Lorenzo de Trasouto, en Santiago de Compostela
  • La Casa Neuendorf, en Mallorca
  • El Parque Güell, en Barcelona
  • El Patio de los Leones, en Granada
  • El Pazo de Oca, en Santiago de Compostela
  • Sol y Sombra, en Barcelona
  • Jardín de Trigo (creo que es Mas de las Voltes) en Mallorca

sábado, 3 de marzo de 2012

Cubos en Segovia

A algo más de 1.100 metros de altura, en medio de un rebollar impenetrable, en una urbanización donde hasta hace poco sólo había casas de madera estilo canadiense o arquitectura castellana de ladrillo y teja roja, han crecido de la mano una generación de arquitectos y propietarios con ganas de hacer algo distinto Ex House y Four Seasons House. Dos casas destinadas a hacer cabecear con desconfianza a los paisanos acostumbrados a ver toda su vida algo muy distinto y que no creen que ni las cubiertas planas ni las fachadas de materiales extraños puedan tener éxito en el severo clima de la zona. De momento la originalidad ha ganado su primera batalla: después de las heladas de hasta 18 bajo cero del mes de febrero, los fontaneros han hecho su agosto arreglando radiadores y cisternas reventados por el hielo que tomó el interior de algunas casas, pero nuestras protagonistas han devuelto la mirada desdeñosa demostrando que en lo de aguantar el frío, no tienen nada que aprender y sí mucho que enseñar a la arquitectura clásica de la zona.
Ex House en referencia a un proceso vital que persigue la ruptura con las esclavitudes de la urbe y la búsqueda del sentimiento de aislamiento y retirada que puede darte una casa en mitad de un bosque.
Four Seasons House como explicación de una casa que quiere integrarse en un plan de paisajismo articulado alrededor de la división de la parcela en cuatro cuadrantes dedicados a un tipo climático de vegetación que tendrá su especial momento de esplendor en una determinada estación del año: jardín mediterráneo para la primavera, robledal continental para el verano, fraga de frondosas para el otoño y bosque norteño de coníferas para el invierno. 

Que una esté hecha de placas de madera de abeto finlandés y la otra de bloques de termoarcilla, que la fachada sea de planchas de pino de Valsaín o de poliestireno y mortero Coteterm, que una observe el paisaje y la otra  dialogue con él, son pequeñas diferencias frente a lo que las casas tienen en común: la búsqueda de una arquitectura libre de ornamentos preocupada principalmente por el espacio interior y por su relación armónica con un entorno que parece entrar en las casas.
Estas casas pueden parecer por comparación modernísimas, pero en realidad beben de fuentes de casi un siglo de antigüedad. Arquitectos como Le Corbusier, Alvar Aalto y Frank Lloyd Wrigt ya buscaron la integración orgánica del edificio y la naturaleza. Las cubiertas planas como terraza o jardín, las plantas libres o los ventanales interrumpidos que podemos ver en estas casas, formaban parte de los principios arquitectónicos de Le Corbusier y Pierre Jeanneret.

EX HOUSE




FOUR SEASONS HOUSE



lunes, 27 de febrero de 2012

Jardín Botánico de Akureyri

Hay un chiste sobre Islandia que te encuentras hasta en la sopa: ¿qué debes hacer si te pierdes en un bosque islandés?... ponerte de pie. Dejando de lado lo manido del chiste, hay algo de cierto en él. Islandia es un país pelado en el que de sus árboles me llamaron la atención dos cosas: su escasez y su aspecto de haber sido todos plantados en los diez últimos años. En la zona noreste del país, a dónde no acudí, dicen que hay bosques de abedules que medran en el microclima de algún valle protegido, pero en la mayoría del territorio, una ladera repoblada de alerces de tres metros de altura es todo un bosque.
Tampoco es de extrañar, habida cuenta de que el verano islandés es más desapacible que el invierno mediterráneo y de que hablamos de un país donde una erupción te puede cambiar la línea de costa en cientos de metros, inundar extensiones de terreno del tamaño de una provincia española o cubrir de ceniza todo el sur del país. Por otro lado, el clima islandés no es tan duro como podría parecer a simple vista. La corriente del golfo lo endulza de manera que al lado de los rigores groenlandeses es una delicia, y las mínimas ni se acercan a las exageraciones de algunas zonas de bosques boreales como Siberia o Canadá, por lo que parece que en la ausencia de arbolado debe estar de nuevo la mano del hombre: el pastoreo y las necesidades de madera de los primeros pobladores, unidas a la escasa capacidad regenerativa de un territorio volcánico y helado, dieron lugar al actual desierto islandés.
Muestra de que en Islandia la vegetación es posible, es el Jardín Botánico de Akureyri, la principal ciudad del norte de Islandia. Otra curiosidad islandesa es que el clima norteño puede ser más benigno que el del sur del país (cosas de las corrientes marinas y el posicionamiento de los anticiclones y borrascas) pero aún así, cuando me acerqué a conocer este parque botánico, no esperaba encontrar mucho más que una colección de coníferas y plantas diminutas de aspecto musgoso, así que la sorpresa de encontrar este colorido y frondosidad fue mayúscula. 



El jardín es pequeño, poco más de tres hectáreas, y cuando llegué, a primera hora de la mañana (que nadie se piense que estaba amaneciendo, era Julio y el sol no descansaba) un pelotón de jóvenes con pinta de jardineros voluntarios escuchaban las instrucciones de una mujer de pelo blanco al lado de los invernaderos y a continuación se desparramaban cargados de azadas y tijeras por todo el parque. No me extrañó lo exquisitamente cuidado que parecía el parque. El jardín contiene importantes colecciones de plantas nórdicas y nativas de Islandia y además de funcionar como parque urbano por el que se puede pasear libremente, funciona como vivero y campo de pruebas para la producción de plantas válidas para las duras condiciones islandesas. 







El parque es una delicia, como el resto de la ciudad (lo de ciudad es por comparación, no pasa 17.000 habitantes), una cuadrícula de calles que se deslizan sobre las laderas de una montaña hacía un fiordo espectacular en el que se bañan la ballenas. En base a lo que vi paseando por allí, puedo concluir que los habitantes de Akureyri son aficionados a las barbacoas, las camas elásticas, los coches todoterreno de tamaño gigantesco, las figuritas decorativas en el alfeizar de la ventana (diminutas, supongo que para tratar de compensar el equilibrio del universo por el tamaño de los coches) y también, ole por ellos, la jardinería. 

sábado, 25 de febrero de 2012

Aquí no hay césped: Quinta de los Molinos

El sábado pasado, aprovechando que tenía que ir a Madrid temprano, aproveché la delicia del desahogo en el tráfico y el aparcamiento para acercarme a un parque del que había leído unas cuentas referencias bastante sugerentes. La referencias eran buenas. El parque Quinta de los Molinos, situado en la calle Alcalá, a la altura del número quinientos y pico, es un ejemplo excelente de otro tipo de jardinería que podemos llamar finca de recreo agrícola. La enorme parcela cuadrada repleta de ordenadas hileras de almendros que te encuentras a la entrada del parque, me trajo a la cabeza de manera inmediata con el impacto de las cosas que enamoran a simple vista las cuadrículas de trigo y olivos del Mas de les Voltes de Fernando Caruncho. En este parque no hay césped, y sí muchos árboles y arbustos de carácter mediterráneo entre los que destacan las plantaciones de almendros. No tuve suerte y aún no estaban en flor, pero es sorprendente encontrarte en medido de Madrid grandes parcelas de almendros adehesadas.  El parque, de tamaño muy considerable (veinticinco hectáreas) está rodeado por un elevado muro, lo que unido a las parcelas aradas de almendros y a la poca afluencia de visitantes (al menos este sábado, sólo unos cuantos corredores, pensionistas paseando al perro y algún raro como yo),  tiene un poder evocador importante. Mientras sacaba algunas fotos, veía en la distancia una pareja paseando bajo el luminoso cielo madrileño entre las hileras de árboles desnudos, y tuve una sensación que parecía certeza de encontrarme en un lugar muy apartado de Madrid. Una finca en el interior de Mallorca o en la costa brava habría dado mayor coherencia a la imagen que un parque urbano de la capital. 


Las plantaciones, creo que las firmaría Heidi Gildemeister y son de un ejemplo de lo que da de si la frondosidad mediterránea hasta en un clima de veranos tórridos como el de Madrid, cuando se eligen bien las especies. El parque, de bajos requisitos de mantenimiento, está articulado a través de grandes parcelas rectangulares y triangulares de almendros, separadas por bosquetes de pinos carrascos, eucaliptos, cipreses, acacias, encinas y olivos. Los setos son anchos macizos de lilas y el suelo está cubierto por hierba y por lirios y hiedras en las zonas con pendiente. 






El parque fue propiedad del César Cort, y pocos años después de su fallecimiento, en 1980, la familia o cedió al Ayuntamiento de Madrid, a cambio de la urbanización de unas pocas hectáreas de la finca original. No sé para la familia Cort, pero para los madrileños fue un buen acuerdo. Y si ya me resultó curioso que en pleno Madrid haya un parque tan poco conocido y peculiar, más impactante me resultó aún ver que poco más abajo en la calle Alcalá, hay otra finca, de aspecto también espectacular, pero en este caso cerrada al publico con amenazas de mordiscos.  

domingo, 19 de febrero de 2012

Bella decadencia

No me gustan nada las plantaciones de flores como petunias y pensamientos que cada pocos meses reponen en las medianas y rotondas de nuestras ciudades. Ni me gustan estéticamente, ni me parecen que sea una solución sostenible. Supongo que las empresas de jardinería que tengan contratos con el ayuntamiento de una ciudad como Madrid para plantar miles de plantas de flor cada pocos meses preferirán esto a plantar arbustos y perennes que aguantarían unos cuantos años sin ser reemplazadas. Mejor ranúnculos que tomillo, mejor césped que un macizo de gramíneas, para qué pensar si luego podemos dar la lata a los ciudadanos con lo de ser ecológicos. ¿El concejal que se dedica a lanzar campañas de publicidad para tratar de estropearme con problemas de conciencia una ducha medianamente larga, no debería empezar por convencer al compañero que se encarga de los jardines de que tener césped en una rotonda es una memez? Por eso, entre otras cosas, me gusta tanto el movimiento de diseño de jardines con perennes, cuyo gurú es Piet Oudolf. La obra de Oudolf se basa en algunos principios como:
  • Las plantas deben ser elegidas por su forma y su textura, más que por su color.
  • Las plantas se dejan en su estado natural a lo largo del todo el año de manera que durante el otoño y el invierno los jardines lucen la estructura de sus tallos, semillas y hojas secas.
  • Sólo con la llegada de la primavera se cortan y retiran los esqueletos de las plantas del año anterior para abrir espacio al crecimiento de las nueva temporada. 
El resultado son jardines más sostenibles, naturales y, desde mi punto de vista, hermosos. Pero su eje central, las perennes, tiene un talón de Aquiles: la mayoría de las perennes no son perennes. Una explicación a esto: lo que llamamos perennes son plantas herbáceas (a diferencia de los árboles y arbustos) que viven dos o más años (a diferencia de las anuales) y entre las que algunas conservan su follaje durante todo el año (perennes en todo el sentido de la palabra) y otras lo pierden para pasar el invierno (lo que los más puntillosos llaman vivaces) Los jardines de Oudolf están formados principalmente por vivaces, esto es, perennes que amarillean o pierden sus hojas en el invierno. A pesar de las fotos espectaculares de estos jardines que aparecen en algunos libros, tenía muy sería dudas sobre su aspecto invernal, dudas que he confirmado con la visita que he podido hacer a Potters Fields, una creación de Oudolf a orillas del Támesis. Sin matices: en el mes de enero el jardín puede parecer feo de narices.  Hace un par de años me habría extrañado de que en pleno centro de Londres tuvieran un parque abandonado. Aquello parecía un barbecho de malas hierbas, al que hay que mirar con buenos ojos para poder ver lo que esconde detrás. Porque lo que se esconde detrás de esta aparente dejadez invernal son jardines de indudable belleza en verano y grandes momentos de esplendor en invierno, especialmente cuando la escarcha se hiela sobre las plantas secas. 
Y sobre todas las cosas, lo que convierte a estos jardines en algo tan especial, es que te entregan el lujo de poder disfrutar del paso de las estaciones, el ciclo de la naturaleza, nacimiento, esplendor y caída, lo cual que ya es algo que dentro de las ciudades muchas veces hemos llegado a aniquilar. Para poder disfrutar de todo esto, en palabras de Oudolf, es necesario aprender a aceptar la decadencia y ver la belleza que hay en ella. ¿Estamos preparados para ello o preferimos ver petunias todo el año?

domingo, 12 de febrero de 2012

Yo puedo

¿Puede alguien que haya crecido en la espesura de un bosque, donde hay que abrirse camino entre la infinidad de troncos para llevar una carta al correo, comprender lo que es tener que esperar toda la infancia para que crezca un solo árbol?
Esta pregunta la hace el protagonista de la novela Rosa Candida, de la autora islandesa Audur Ava Ólafsdóttir, al final del capítulo 18. Yo sí puedo. Hace ya muchos años, en la primera visita que nos hizo, el que luego se convirtió en mi cuñado le explicaba a mi padre cómo construir un soporte para algo, y le sugería que cortase una vara de unos dos metros bien recta de cualquier árbol, cuando mi padre le interrumpió para preguntarle, ¿y de dónde saco yo una rama de dos metros? Mi cuñado, criado en la montaña cántabra, miró perplejo a su alrededor, y hubo de admitir con una sonrisa desolada que aquello no era tarea fácil en nuestra tierra. 
He crecido en un páramo, donde además de algún almendro solitario, unas cuantas encinas y quejigos perdidos en la extensión cerealista y las laderas de raquíticos pinos de repoblación, no había mucho más, y árboles de los que me siento orgulloso por medir ahora cinco o seis metros, lo hacen después de casi treinta años, así que sí, sí sé lo que es esperar toda una infancia para ver crecer un árbol. 
Dicho lo cual, tampoco es justo que me compare con el protagonista de la novela, pobre muchacho enamorado de la jardinería que le tocó nacer en un país de lava, roca, hielo, musgo y hierbas ralas. 





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