miércoles, 1 de abril de 2020

Prospect Cottage


Dicen los que saben de esto, que los buenos jardines son los que obedecen al genio de lugar. Yo, que lo único que sé de esto es que nunca terminaré de saber de esto, he terminado por concluir que los jardines obedientes al genio del lugar no suelen ser más que el lugar de un genio. Y entre estos jardines geniales, me quedo con aquellos en los que diseñador, jardín y jardinero forman una perfecta simbiosis. Como ha dejado escrito Umberto Pasti: "hacer un jardín  no es una actividad,  una acción que tiene como objetivo crear un jardín.  Es una condición. Es una manera.  Es una forma de ser. Tu jardín no es el resultado del proceso de  ir haciéndolo. Tu jardín eres tú,  mientras lo haces, lo diseñas, lo piensas". Aquellos que aman la jardinería, que disfrutan buscando la belleza a través de un implacable juego con la naturaleza, que son capaces de desdeñar los convencionalismos, aislarse de las exigencias de caprichosos clientes, ser honestos y apasionados y escuchar sus deseos e instintos más profundos, aquellos amigos míos alcanzarán esa condición, y en esa condición, al ser uno con su jardín, harán cantar con potencia al genio del lugar. ¿Cuándo se dan las mejores condiciones para alcanzar ese objetivo? Pues diría que inevitablemente cuando un gran jardinero trabaja en su propio jardín, cuando su experiencia vuela a lomos de la poderosa libertad. Hay tantos ejemplos de geniales jardines privados. Sin ánimo de ser exhaustivo, estos son alguno de mis favoritos:  Great Dixter, de Christopher Lloyd, Hunting Brook Gardens, de Jimi Blake, Lur Garden, de Íñigo Segurola, Hummelo, de Piet Oudolf, Rohuna, de Umberto Pasti, Federal Twist, de James Golden, Priona, de Henk Gerritsen. Pero podríamos seguir y seguir. Todos ellos, independientemente de su tamaño, estilo y ubicación responden a una esencia verdadera, son elegantes a la vez que extravagantes, son atrevidos al tiempo que clásicos, no responden a normas mientras respetan las grandes leyes. Detrás de ellos siempre hay alguien con las manos manchadas de tierra que ha tenido valor y ha sido recompensado. Y sobre todas las cosas, todos ellos responden a la atávica búsqueda de la belleza y el paraíso. En todos ellos hay algo de la originalidad y la valentía del granjero que reserva un trozo del huerto a plantar unas cuantas rosas y dalias, de la mujer que tiene su terraza rebosante de macetas, del loco que llena su jardincillo de infantiles esculturas de piedra y arbustos podados en formas imposibles. Mi mujer tiene una tía que a sus noventa y tantos años, sin haber salido nunca de una aldea de Lugo, mantenía en su patio un pequeño jardín de plantas que crecían en viejas cacerolas y latas de conserva. Había más verdad en ese jardín que en todo Versalles. Hay en definitiva infinidad de personas que en algún momento de su vida han hecho caso de Umberto Pasti cuando nos recomienda: "Ten valor y se implacable. La naturaleza premia a los valientes. Trabaja, atrévete y reza. Busca al jardinero que hay en ti, Conviértete en su amigo. Después, si tienes oportunidad planta un jardín. Sí no coloca un par de plantas en la terraza, planta algunas semillas en el alfeizar de la  ventana. En el mundo de los destructores es un deber". 
Entre todos los jardines personalísimos, si hiciéramos una encuesta, posiblemente uno se llevaría el premio absoluto de la admiración de paisajistas y aficionados: Prospect Cottage, de Derek Jarman. Para quienes no lo conozcan, imaginen un enorme desierto de cantos rodados a orillas del mar en el que lo único que destaca es el horrendo mamotreto de una central nuclear. El fotógrafo Howard Sooley, a quien en buena medida debemos la fama de este jardín, describe a la perfección este paisaje en el último número del Gardens Illustrated: "Blanqueado por el sol, desgarrado por el viento, comido por la sal, desnudo y expuesto por la enormidad del cielo. Un mundo despojado hasta los huesos, abandonado e inmóvil excepto por las cabezas secas de las coles de mar que flotan como algas a la sombra de la central." En mitad de este paisaje algo apocalíptico se levanta una cabaña de madera negra y ventanas amarillas, y a su alrededor, montones de cantos rodados y trozos de metal y madera de deriva entre los que crecen ralas y aisladas las más modestas de la plantas: amapolas, viboreras, tojos, rosales silvestres, hinojos, santolinas, coles marinas. No parece gran cosa, ¿verdad?. No lo es. Pero son legión los que han loado su belleza. Creo que hay muchos jardines como Prospect Cottage, pero ninguno ha sido el último refugio de un creativo director de cine. Y no habrá muchos que hayan inspirado dos de los mejores libros de jardinería que se hayan escrito. Prospect Cottage es un ejemplo hermoso y documentado de esos millones de personas que alrededor del globo, en un acto de coraje emplean el primer rincón que tienen a mano para practicar algo que llevamos codificado en nuestra genética desde el Neolítico: el contacto con el suelo y las estaciones a través del cultivo y la búsqueda de la belleza. Parece lógico que el ser humano tenga la necesidad de mantener el contacto con la tierra. De ella obtenemos el sustento, aunque a muchos hoy en día se les olvide. Lo que es algo más inexplicable, es que más allá de los actos elementales encaminados a producir aquello que necesitamos, nos veamos empujados a efectuar otra serie de gestos sólo encaminados a generar algo bello. Apostaría que este contacto con la tierra y esta búsqueda de la belleza son las razones que animan a millones de personas de todas las culturas a practicar la jardinería. En todas esas luchas precarias y en soledad, ahí, y no en los grandes diseñadores y movimientos está la esencia más pura de la jardinería. Lo otro sólo es la depuración del arte hasta sus niveles más complejos gracias a la capacidad creativa de los más dotados en conocimientos y medios. Pero los grandes jardineros nacen en gestos muy simples, y de hecho en la biografía de gran parte de los jardineros de fama se puede observar como su arte nació en esa jardinería esencial del patio de casa, en un rincón en el que sus padres dejaron que el niño se ensuciara trasteando con las plantas. Derek Jarman fue amante de la jardinería, aunque no practicante, toda su vida, y en su infancia vivió con sus padres en exquisitos jardines. Pero no compró aquella cabaña con la idea de hacer un jardín. Es inconcebible que nadie optase por ese lugar para practicar la jardinería. Supongo que los motivos que le llevaron allí tenían que ver con otros aspectos más profundos relacionados con el aislamiento y la amenaza de la muerte. Pero unos pocos gestos, sustituir una bordura de ladrillos por cantos alargados recogidos en la playa, retirar desechos, plantar un rosal silvestre y apoyar sus ramas sobre un trozo de madera de deriva, fueron el detonante para unos de los jardines más famosos de las últimas décadas. Una bonita anécdota que muestra la relevancia del jardín es la que aparece casi al comienzo del libro The Gravel Garden de Beth Chatto. Me encanta por lo bonito que tiene imaginar a los tres personajes que la protagonizan juntos. Y además resuelve un error habitual: Derek no se inspiró en el jardín de grava de Beth, en realidad fue el jardín de Derek el que supuso un impulso para el jardín de Beth. La historia es esta: 
"Varios años después de comenzar mi Gravel Garden, salí un día con Christopher Lloyd y un grupo de amigos jóvenes hacia Dungeness en la costa de Kent. Inevitablemente estudiábamos las plantas con las narices apuntando hacia el suelo mientras vagábamos maravillados por cómo las plantas eran capaces de sobrevivir en condiciones tan hostiles: piedras redondeadas por las olas y un viento incesante. Más bellas, incluso espectaculares, de lo que nunca las había visto antes, había colonias de coles marítimas, Crambe maritima, con robustos y ramificados tallos florales sosteniendo grandes racimos de cápsulas de semillas del tamaño de un guisante. ¡Semillas más atractivas que las que nunca hubiera visto en mi jardín! Christopher se divertía al ver mi desazón al encontrar dedaleras, salvias y teucrium creciendo donde yo creía que no tendrían ninguna oportunidad de hacerlo, ya que normalmente se encuentran en los bordes de los bosques. El único "bosque" visible en esta vasta playa de adoquines eran grupos aislados de acebos tallados por el viento en las formas más extrañas. Mientras caminábamos de un lado a otro tropezando con las piedras, de repente me encontré con una inesperada bola lanuda de Santolina chamaecyparissus creciendo directamente en el suelo de la playa, seguida por otras plantas de hojas grises, y amapolas y flores rosas, todas mezcladas con artefactos curiosos hechos de desechos y materiales de naufragios moldeados por los vientos y las mareas. Al levantar la vista me di cuenta de que estábamos en el jardín de alguien, pese a que no había ninguna valla que cruzar, sólo estábamos cerca de una pequeña cabaña de pescadores de paredes de madera pintadas de negro y la puerta y los marcos de las ventanas de color amarillo canario. Christopher seguía cautivado e inconsciente, ocupado con su cámara. Después de otro momento de pausa me sentí avergonzada. Alguien nos observaba. Un joven apareció, me escuchó disculparme entre tartamudeos y desapareció. Casi inmediatamente, apareció una figura alta y delgada que sin duda no era un pescador. Se trataba del director de cine Derek Jarman, que nos dio una cálida bienvenida para tratarse de dos personas a las que no había conocido antes, demostrando la alegría inmediata de compartir con nosotros su pasión y su placer en encontrar plantas que podrían vivir en la misma grava a no más de 50 metros de la orilla. Lamento profundamente no haber tenido un cuaderno en el que anotar toda la variedad de plantas que parecían prosperar en semejante terreno, pero el recuerdo de conocer a un hombre único y valiente nunca me ha abandonado. Sentí que se sostenía sobre el milagro de cultivar plantas. Después de ver las plantas que crecían en un ambiente tan hostil, salí de Dungeness con una renovada determinación por continuar con mi experimento."
Si me tengo que quedar con una única descripción de Prospect Cottage me quedo con la que hace Beth Chatto. En la anécdota se ve además una de las características más sobresalientes del jardín: la total ausencia de vallas, la integración más radical con el entorno que lleva a dos despistados a colarse en el jardín sin saber que lo están haciendo. Esta ausencia de vallas y las rústicas especies de plantas empleadas permiten al jardín fusionarse con un paisaje de horizontes casi infinitos. Más allá de eso, no hay praderas de césped, no hay grandes borduras, por no haber no hay ni suelo, solo piedras por todas partes. Lo más parecido que hay a lo que nos viene a la cabeza cuando pensamos en un jardín son los parterres geométricos creados en el frente de la cabaña con bordillos hechos a base de cantos rodados.  Más allá de eso solo trozos de metal y madera a modo de alocadas esculturas y plantas dispersas por aquí y por allá que poco a poco se disuelven en el paisaje de cantos, tojos y coles marinas. El resto es viento, sol y horizonte. Howard Sooley dice que el frente del jardín siempre le pareció un jardín infantil. Tiene algo de eso, Prospect Cottage rememora todos esos jardines de infancia y de aficionados de los que hablábamos al principio. Es un canto a la libertad, al abandono de las convenciones, a la búsqueda de la belleza de la mano de la naturaleza, sea lo ingrata que sea. Pero al tiempo demuestra que la jardinería puede ser un refugio igual de redentor cuando nuestra fugaz existencia se agota. En ninguna otra historia, en ningún otro jardín, resuenan con tanta intensidad las palabras de Montaigne: Que la muerte me encuentre plantando mis coles, pero sin preocuparme por ella, y menos aún por mi jardín imperfectoue la muerte me encuentre plantando mis coles, pero sin preocuparme por ella, y menos aún por mi jardín imperfecto. 
Derek Jarman murió en 1994, pero Prospect Cottage ha pervivido durante todo este tiempo gracias al mantenimiento que realizó su pareja Keith Collins. En todo este tiempo, sobre todo después de la publicación en 1995 del libro "Derek Jarman's Garden", se convirtió en lugar de peregrinaje para muchos amantes de la jardinería. En el 2018 también nos ha dejado Keith Collins y la supervivencia del jardín corre peligro. Para evitar su desaparición ha surgido una iniciativa que busca recaudar dinero. La captación de dinero finaliza justo hoy y la prueba de todo lo que venimos diciendo está en el éxito que ha tenido. Han superado la cifra que se habían propuesto. Más de 4 millones de euros. Celebro la iniciativa, faltaría más, pero las cifras me parecen una buena alegoría de los tiempos que corren. Serán muchas las cosas que se quieran hacer con esos 4 millones de euros, y las celebraremos, pero no deja de ser llamativo que necesitemos semejante cifra para mantener vivo un jardín creado por un hombre enfermo que paseaba por una playa cargado con una bolsa en la que cargaba los cantos rodados y materiales que la marea le entregaba cada día. No hizo falta mucho dinero para que un buen día Derek se decidiera a plantar una rosa canina y colocase un trozo de madera de deriva para soportar sus ramas. Así, con esa búsqueda tan primaria de la belleza y el contacto con la tierra nació un jardín que se ha hecho mítico. Bienvenidos sean el mantenimiento del jardín y la residencia de artistas que quieren promover. Pero el recuerdo y ejemplo del jardín permanecerían sin esos cuatro millones de euros. Y aunque así no fuera, seguirían existiendo millones de personas realizando esos pequeños actos cotidianos que suponen el espíritu de la jardinería. Quizás el mejor homenaje que podríamos haber hecho a Derek y su jardín, el más generoso, habría sido dejarlo desaparecer bajo el empuje del viento y de las mareas. 

Fotos de Howard Sooley

@Howard Sooley

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@Howard Sooley

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jueves, 20 de febrero de 2020

Los Merton Borders en el Jardín Botánico de Oxford

Uno de los proyectos que siempre tengo pendiente es la siembra de una pradera de vivaces. Hace años que sigo el trabajo de autores como Nigel Dunnet y James Hicthmough, que por cierto han publicado dos de los libros de jardinería más interesantes de largo de los últimos años. Y me encantan las mezclas de semillas comercializadas por empresas como Pictorial Meadows, tan bien representada en España por Miguel García. Pero me temo que esto año tengo otras batallas lanzadas en el jardín y esta primavera tampoco va a ser el momento. Con una mezcla de anuales es relativamente sencillo obtener resultados espectaculares aunque efímeros. Pero las vivaces son harina de otro costal y más en un clima como el nuestro.  En el libro Sowing Beauty de James Hitchmough da muchas de las claves para hacer una plantación de este tipo. Yo lo voy a resumir mucho: agua, agua y más agua en el primer año. Quien haya hecho una siembra de vivaces sabrá lo que cuesta que las plantas enraícen y crezcan en condiciones. Yo siembro cada año muchas vivaces en macetas y con el tiempo he llegado a la conclusión de que la clave está en regar hasta dos veces al día en verano y pasar por macetas de varios tamaños hasta que tienen un tamaño suficiente como para pasar al jardín. En el libro ya mencionado, James incluye unas tablas con porcentajes de germinación para distintas especies en función de la frecuencia de riego y el incremento es exponencial. Pues imagínense directamente en el terreno de nuestra Castilla. Hay que cuidar mucho los riegos y las posibles invasiones de adventicias. Pero no renuncio porque los resultados pueden ser espectaculares. La pradera de James en el jardín privado de Tom Stuart-Smith es un ejemplo de ello. Otro es la plantación en el Botánico de Óxford.
El jardín botánico de la universidad de Oxford se estableció en 1621 lo que le convierte en el jardín botánico más antiguo del Reino Unido. Ahí es nada. Es un jardín pequeño y con mucho encanto. Coqueto podríamos decir. La mayoría del espacio está organizado en parterres rectangulares propios de un jardín del siglo XVII. Pero un espacio de 850 metros cuadrados lo quisieron dedicar a la creación de una plantación contemporánea y sostenible. Y llamaron a James Hitchmough para que hiciera una de sus plantaciones a partir de mezclas de semillas. La plantación es conocida como los Merton Borders. Un jardín botánico fundado en 1621 que dedica un espacio importante a generar una pradera a partir de una mezcla de semillas es la alegoría perfecto de lo que debe ser el espíritu de la jardinería en general y de un jardín botánico en particular. Por eso fueron tan buena idea las plantaciones de Miguel Urquijo y Fernando Martos en el Botánico de Madrid. Y defender lo contrario es una paletada. Pero no nos vayamos por esos derroteros. Decía que en los Merton Borders han experimentado con la creación de una pradera mediante la siembra de mezclas de semillas y la plantación esporádica de algunas especies cuyo tiempo de implantación desde semilla puede ser muy largo. Se emplearon tres mezclas de semillas: una para la creación de una comunidad vegetal con especies de las praderas americanas y algunos elementos de las estepas del salvaje oeste, otra para crear una comunidad vegetal inspirada en el Drakensberg sudafricano y la tercera una comunidad con especies propias de las estepas euroasiáticas. Se puede observar que las tres comunidades vegetales elegidas son comunidades adaptadas a un clima más seco que el inglés. Por supuesto no es casual, la idea es emplear especies que puedan medrar con facilidad en un clima como el de Oxford y que puedan adaptarse al posible incremento del calor y reducción de las precipitaciones derivadas del cambio climático. También se buscó emplear especies que no fuesen demasiado familiares en los jardines ingleses.  El diseño de plantación no es complejo, se dividió el espacio en una serie de cuñas que contienen una de las mezclas. Para cada comunidad vegetal existen 3 cuñas que se alternan con las cuñas de las otras dos comunidades creando una sensación de repetición. En principio las fronteras entre las cuñas son bastante abruptas aunque con la intención original de que la germinación espontánea de especies las difuminase con el tiempo. Además se eligieron 3 o 4 especies que se repetían en todas las mezcla. Doy fe de que con el paso del tiempo la plantación no tiene nada parecido a una frontera abrupta. 
La siembra se realizó en diciembre del 2011 y la primavera y verano del 2012 fueron extremadamente lluviosos, lo que llevó a niveles muy altos de germinación, pero un desarrollo de las plantas muy pequeño por la falta de calor. En resumen: el aspecto de la plantación el primer año debía ser un auténtico poema que puso a prueba la paciencia y confianza de los responsables del Botánico. Pero en mayo del 2013 el panorama había cambiado radicalmente y el asombro de los visitantes y las felicitaciones empezaron a llegar en cascada. Yo lo visité en el verano del 2017, cuando ya estaba plenamente establecido y algunas de las especies tenían un tamaño considerable. Estoy seguro de ello porque un jardinero se encontraba arrancando plantas de Solidago, que se habían extendido con fuerza por todo el jardín y recuerdo perfectamente cómo desaparecía entre las plantas cada vez que entraba en la plantación. Y vamos a las fotos. 




















jueves, 2 de enero de 2020

Un Jardín Ultranaturalista


En la última entrada publicaba una entrevista a Thomas Doxiadis en la que se vislumbraba un paisajista enamorado del paisaje Mediterráneo. Cómo no enamorarse de un paisaje así, ¿no?. Bueno, no nos emocionemos tan rápido, porque me temo que este enamoramiento no es tan común. La proporción de los que sufren por ver destruidos nuestros paisajes no es para tirar cohetes.  Para mayor mérito de Doxiadis, estoy convencido de que ser paisajista y sufrir esas sensibilidad debe ser una pesada carga. Seguro que su ideal sería que las casas y sus jardines parezcan mágicamente posados sobre un paisaje inalterado. Ambiciosa y vana ilusión. Hablar de procesos constructivos de viviendas es un poco un oxímoron: casi todo es destructivo en esos procesos. Las máquinas y camiones son hachas que abren feas heridas en un paisaje frágil y de lenta regeneración como el mediterráneo. No nos olvidemos de la dureza de la soledad. Hay tantos ejemplos que demuestran lo solos que están los Doxiadis del mundo... Para empezar el mercado de plantas apenas presta atención a la mayoría de especies nativas mediterráneas. ¿Para qué, si no interesan? Diría que la idea que tiene la mayoría sobre lo que debe ser un jardín (esto es, flores, grandes árboles y mucho, mucho, mucho césped) es bastante homogénea.  Homogénea y distante con lo que los paisajes mediterráneos, especialmente en verano, ofrecen.  La vegetación mediterránea es adusta y espartana. En verano duerme espinosa y enfurruñada. Imaginemos al esforzado urbanita que después de años de trabajo ha conseguido comprarse una casa en la playa. Y la estrena y se planta allí en verano dispuesto a no quitarse las bermudas en tres semanas, y orgulloso invita a toda la familia y amigos. Imagínense su cara si esa primera mañana de verano desde la puerta de casa se encuentra un jardín, qué digo un jardín, un trozo de monte, que oscila entre el marrón y el gris. Dios qué sed da este jardín, que nido de víboras y escorpiones. Yo ahí no piso y ahora mismo llamo al cantamañanas este que me ha montado esta mierda de jardín que me va a oír. Y así, me imagino a Doxiadis asumiendo la cruda realidad con un suspiro y sucumbiendo al riego, aunque sea un poquito. Pero no se conforma, y de manera subversiva busca alterar el orden de las cosas, abrir los ojos de sus clientes. Y sí, claro que les instala a dos pasos de su porche jardines que pueden parecer sus jardines soñados, pero estos jardines no son más que un trampantojo que subrepticiamente se difumina con la distancia hasta convertirse en ese paisaje mediterráneo que Doxiadis quiere conservar. ¿Cómo engañar al urbanita entrenado en años de ideas preconcebidas? Con el patrón y densidad, ahí está la clave del engaño.   
Hay una cualidad un tanto subjetiva y sutil en cualquier comunidad vegetal, que podríamos denominar coherencia visual. Es cómo si todo encajase entre sí y con su entorno. Parece magia, pero no lo es. Es simple adaptación. Las plantas que se encuentran en un entorno natural están ahí porque han sido capaces de adaptarse a dicho entorno. Y a mismas adaptaciones, mismos colores, formas y texturas. Así, la primera regla que debemos cumplir es la de la coherencia visual. Las plantas que empleemos deben presentar las mismas adaptaciones que las plantas de nuestro entorno y en la plantación debemos respetar los patrones de proporcionalidad, densidad, combinación y contraste que allí encontramos. En la naturaleza la distribución de las plantas es a un tiempo aleatoria y determinista. Me explico. Si por un lado el nacimiento de una planta en la naturaleza viene marcado por el azar, en realidad ese azar es como el de los casinos tramposos, un azar trampeado por las circunstancias del terreno. La topografía, la humedad, el drenaje, el ph y la disponibilidad de nutrientes juegan fuerte en esta partida y deciden a quien le está permitido crecer en un sitio u en otro. Este juego marca unos patrones y flujos de distribución muy característicos, que los paisajistas naturalistas se afanan por evocar. Hay distintas maneras, y Doxiadis por ejemplo juega con la distribución y proporción de especies. Divide el jardín en diferentes áreas y en cada una de ellas usa diferentes combinaciones de plantas. Los porcentajes de cada especie son distintos en cada área, y a medida que se avanza de una zona a otra van apareciendo y desapareciendo especies. Esto produce una distribución de las especies que evocará los patrones naturales. 
Pero una vez conseguida la coherencia visual, si queremos conseguir jardines que se integren con su entorno y que al mismo tiempo satisfagan las mínimas exigencias de un público mayoritario, nos queda un problema que resolver. Porque si cedemos a los jardines verdes y floridos en verano, debemos ceder a la necesidad del riego. Y si regamos en un entorno rodeado por un seco paisaje mediterráneo, en algún momento habrá una clara frontera divisoria que dará al traste con todo el objetivo de integración entre el jardín y el paisaje. Nuestro jardín será un pegote verde en mitad del secarral. Para difuminar estas fronteras entra en juego el concepto de densidad de plantación decreciente. Las plantas que van a ser regadas tienen una densidad de plantación decreciente a medida que te alejas de la casa. Cuanto más te alejas de la casa menor porcentaje de plantas será regado, y mayor porcentaje de plantas adaptadas a un régimen de riego bajo o nulo se van introduciendo. Así, con este win-win en el que todos se llevan algo, el cliente cuenta con un jardín del que presumir, y el esforzado paisajista evita las duras transiciones entre el verde y el marrón que tanto le horrorizan. 
Estas técnicas son algo así como un pacto entre caballeros en mitad de esa guerra que supone el complejo equilibrio de principios, deseos y gustos en el que yo mismo me veo envuelto. Mi jardín es un querer y no poder en el que cada día me digo que debo buscar una modelo más sostenible desde el punto de vista del riego, y cada día sucumbo antes nuevas tentaciones. Me encantaría ser ultranaturalista, plantar sólo especies adaptadas a los eternos meses de sequía de nuestra meseta y acostumbrar la vista a esa especie de invierno estival que vendrá. Me encantaría soportar con estoicismo la pérdida de plantas por falta de riego y mirar con desdén las exuberantes exóticas que intentan seducirme desde las fotos de los malditos jardines ingleses. Pero soy débil y sucumbo, sucumbo a la tiranía del riego. Pero me esfuerzo, Ringo, me esfuerzo con toda intensidad por ser el pastor. 

¿Se podría llegar más allá en la integración con el entorno que lo que llega Doxiadis? ¿Se podría ser ultranaturalista? Bueno, se podría si estás haciendo un jardín para ti mismo y encuentras esa sensibilidad hacia el paisaje que te rodea en tu corazón. Y se podría si encuentras a un cliente muy especial. Para muestra un jardín. Un jardín que ha despertado una significativa expectación en los últimos años, como demuestra que pese a su juventud (la plantación se realizó en la primavera de 2015) ya ha aparecido publicado en el Gardens illustrated y en algún importante libro de jardinería. El cliente especial es Peter Sisseck, un renombrado bodeguero que produce Pingus, uno de los vinos más famosos de la Ribera del Duero. Y el afortunado paisajista que coincidió con él es Tom Stuart-Smith, que no necesita mayor introducción. Esta jardín está en una ladera de los páramos de Valladolid y eso lo convierte en un jardín muy especial para mí. Valladolid es una tierra de curiosa topografía. Debe ser la única provincia de España sin montañas. Aquí, en un paisaje profundamente humanizado, lo que manda es la línea recta. Líneas rectas en los interminables campos de secano, en la hileras de viñedos, y en las mesetas que forman sus páramos. Los páramos son superficies tabulares con una ligera elevación de unos cien metros sobre el fondo de los valles fluviales y la Tierra de Campos, que es algo así como una estepa cerealista. El clima de todo este territorio es entre duro y extremadamente duro. Las fuertes heladas invernales y los sofocantes veranos se resumen en los nueve meses de invierno y tres de infierno que dicen lo lugareños. La lluvia es escasa, por debajo de 400mm en casi toda la provincia. Y el suelo en su mayoría es paupérrimo: terrenos muy calizos y pedregosos con apenas suelo fértil. Salvo las zonas de pinares, especialmente en valles arenosos, y la ribera de los ríos, no hay muchos árboles. Algunos trozos de páramo como los Montes Torozos y laderas esclerófilas donde destacan las encinas (Quercus ilex), quejigos (Quercus fagínea) y sabinas (Juniperus thurifera). En fin, es un paisaje de belleza sutil. Y dando botes en medio de esa polvorienta sutileza crecí yo. Les voy a ser sincero: no lo aguantaba. Yo quería montañas, quería hayedos, grandes robledales, praderas verdes. Mis padres tenían una parcela en un páramo, y me apetecía plantar en ella todo lo que un lugar así no me consentía. Tuve que marcharme de allí para aprender a valorar la belleza que hay en este paisaje. Los años me han ayudado a valorar la riqueza vegetal de esas laderas yesosas que a primera vista parecen un desierto, a disfrutar con la mirada perdida en estas enormes extensiones de terreno que a algunos más norteños les producen cierta agorafobia. Peter Sisseck, danés de nacimiento, ha sabido valorar esta belleza desde su llegada a España, y su jardín es una especie de bofetada ejemplarizante. 
Si Valladolid es duro, el terreno donde Peter Sisseck ha construido una espectacular casa que sirve a un tiempo como centro de reuniones para su empresa y vivienda particular, ya es puro masoquismo. Lo tiene todo en contra: es una ladera con fuerte pendiente, suelo yesoso y pedregoso y orientación sur.  Para colmo de males, no disponen de una fuente de agua. Pero sobre las circunstancias de un jardín, ya lo decía Russell Page: "Tales cosas muestran las limitaciones de un lugar y limitaciones implican posibilidades. Un problema es un desafío". Pero aquí el desafío es morrocotudo. Los minerales del terreno y la dureza del clima son ideales para producir vinos de gran personalidad que se encuentran entre lo mejores del mundo. ¿Pero jardines? Aquí ni siquiera es válido el planteamiento de Doxiadis. Además de la casa y el jardín, el terreno cuenta con una pequeña granja de vacas (esto daría para toda otra entrada) y un huerto. Y el único agua del que disponen es el que recogen de los tejados de las construcciones y otras zonas soladas como una pista de pádel. Con menos de 400 mm de precipitación al año, no es mucha agua la que pueden recoger, y deben racionarla entre las vacas, el huerto y el riego de los árboles en sus primeros años. ¿Qué hacer frente a este desafío? Pues cambiar de mentalidad, dejar de lado las ideas preconcebidas y lanzarte a experimentar. Y si puedes contar con un equipo de lujo, pues mejor. El de Peter es de leyenda: Tom Stuar-Smith realizó el diseño general del jardín, Nigel Dunnet diseñó una mezcla de semillas de especies adaptadas a un lugar así y Olvier Filippi proporcionó conocimiento y plantas adaptadas a este clima. Si a nivel micro, el lugar es duro de asumir, a nivel macro la cosa pinta de otro color. En primer lugar tiene unas vistas espectaculares hacia la Ribera del Duero. Y en segundo lugar, su pobreza hacía que hasta los aguerridos agricultores castellanos lo tuvieran algo olvidado. Tan solo algún trozo de terreno era sembrado de girasol, más para llevarse la subvención de la Unión Europea que para coger cuatro pipas. El resto es monte bajo con buenas encinas y sabinas que crean un entorno de fuerte personalidad. Un sitio idea para hacer algo que se integre y difumine en el paisaje. Tom planteó una matriz de plantas adaptadas a las características del lugar para garantizar su superviviencia y la coherencia visual de la que hablábamos hace un rato. En esta matriz hay algunos árboles como encinas y almendros y una gran mayoría de arbustos esclerófilos (Santolia chamaecyparissus y rosmarinifolia, Helichrysum italicum, Dorycnium pentaphyllum, Cistus albidus, Euphorbia characias, Rosmarinus offcinalis, Hyssopus officinalis, etc) Por el aspecto actual diría que se aplicó un criterio de densidad similar al de Doxiadis, con densidad decreciente a medida que te alejas de la casa, y que alrededor de esas plantas se realizó una siembra con la mezcla de Nigel Dunnett. No se enmendó el suelo y no se instaló ningún sistema de riego. Sólo quedaba confiar en el clima y asumir que el jardín iba a tener un aspecto seco en verano y que probablemente se iban a perder muchas plantas. El primer año tuvieron la fortuna de tener buenas lluvias y enlazaron con una primavera muy húmeda. El aspecto del jardín en ese momento es el que aparece reflejado en las fotos de Andrea Jones en el Gardens Illustrated.  Yo he tenido la oportunidad de visitar el jardín varias veces. Algunas en modo paparazzi. Obligaba a mis hijas a acompañarme para parecer inofensivo (soy inofensivo, pero una cosa es serlo y otra parecerlo) y desde los montes cercanos sacaba algunas fotos del jardín. La primera ver que lo vi fue en Septiembre del 2015, y su aspecto no me dejó mucho margen a la esperanza. El jardín era marrón. En aquel momento habría asegurado que el jardín iba a ser un fracaso. Pero después volví a visitarlo en junio del 2016, diría que poco después que Andrea Jones, y lucía espectacular. Muchos de los arbustos medraban bien, y la plantación de Nigel Dunnett había creado unos  densos macizos de Achillea nobilis y Anthemis tinctoria salpicados de otras especies como Salvia sclarea y Anchuza azurea. Era un jardín florido y denso que se integraba en el paisaje que lo rodeaba. Era el sueño naturalista. Después vinieron años de dura sequía y de las cerca de 7.000 plantas que se plantaron y de la mezcla de Nigel se ha perdido un porcentaje muy alto. Pero esto entraba en uno de los escenarios previstos. Tom Stuart-Smith ha dicho a propósito de este jardín: "En ningún otro sitio he sentido de manera más intensa que lo que estoy haciendo como diseñador es poner en marcha un proceso". Para un diseñador que hace jardines tan cuidadosamente planificados, este jardín debió ser realmente disruptivo. En sus jardines suele haber combinaciones vegetales diseñadas con primor, y aquí en cambio dio el salto a un plan de plantación más indicativo que prescriptivo. En junio del 2019 he vuelto a visitar el jardín, esta vez invitado por su dueño, y en las zonas de mayor densidad de plantación cercanas a la casa el jardín tiene muy buen aspecto, pero a medida que te alejas de la casa, aunque algunas plantas se han reproducido de manera espontánea, se ha perdido casi toda la densidad vegetal y hay mucho suelo desnudo. Ahora quedan dos opciones. Armarse de paciencia y esperar a que la naturaleza vaya repoblando el terreno. Al final se llegaría a un comunidad vegetal similar a la que hay en las laderas cercanas, rica en especies aunque variable en aspecto dependiendo del año. En el mismo mes de diferentes años yo la he visto variar entre rica y florida e inexistente. Para evitar la inexistencia, está la segunda opción: seguir actuando y relanzar el proceso. Creo que Peter opta por esta opción. Cuenta con un vivero propio en el que están reproduciendo muchas de las especies que han medrado especialmente bien en el jardín y me consta que está pensando en nuevos experimentos con semillas. Seguiremos atentos e interesados su evolución.

Fotos de las vistas de la Ribera del Duero desde Granja Alnardo. En una de ellas se ve el castillo de Peñafiel, lugar espectacular que me trae estupendos recuerdos.




Fotos del jardín en Junio del 2016

La casa de piedra de Campaspero se integra en las laderas de monte bajo de sabinas
 
 


 
 


Algunas fotos del monte que rodea al jardín después de una primavera especialmente lluviosa. Estas mismas laderas pueden ser un terreno blanquecino y desnudo un año de mucha menos lluvia.







Algunas fotos del jardín durante junio del 2019 en las zonas más cercanas a la casa.



 
 
 
 
 

Y para acabar, el aspecto que mostraba la pasada primavera el jardín a medida que te alejabas de la casa.







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