lunes, 5 de diciembre de 2011

El jardín salvaje urbano: Schoneberger Sudgelande Nature Park

Desde fechas recientes podemos disfrutar de un nuevo concepto de parque urbano o espacio público que busca con mucha imaginación la recuperación de espacios abandonados a través de un proceso que, de manera más o menos disruptiva, da continuidad a la vegetación espontánea que en su día fue capaz de recuperar un espacio que durante un tiempo fue desagradablemente humano. Algunos, como la High Line de New York, no dejan de ser una evocación de la naturaleza recobrada, ya que pocas plantas de las que podamos ver en ese parque estaban allí antes de la llegada de la legión de paisajistas y arquitectos. Otros son mucho más respetuosos con los anteriores inquilinos del lugar. Berlín tiene uno de los mejores ejemplos de como llegar a un jardín salvaje reconduciendo con mucho cuidado el trabajo que la naturaleza ha adelantado. Se trata del Schoneberger Sudgelande Nature Park, un parque basado en palabras de Thomas Rainer en el concepto de la sucesión gestionada y la vegetación espontánea
Este parque aparece en los capítulos de Rick Darke de la nueva reedición del Wild Garden de William Robinson, y el mismo Robinson se refería en muchas ocasiones al poder de las plantas naturalizadas para la regeneración de espacios abandonados como viejos muros, ruinas y vías de tren, pero en mi opinión, los autores de este parque han llegado más lejos de lo que William Robinson propuso en materia de espontaneidad. 
Hay que remontarse al final de la Segunda Guerra Mundial para llegar al nacimiento natural del parque. Después del reparto de Berlín entre los dos mundos irreconciliables de la guerra fría, Alemania del Este restringió el tráfico ferroviario procedente de o dirigido hacia el mundo capitalista para ahorrar las perniciosas tentaciones de fuga que pudieran tener a sus felices ciudadanos. De esta manera, muchas de las instalaciones ferroviarias a ambos lados del muro quedaron obsoletas y abandonadas por falta de uso. Este parque se sitúa en una de esas instalaciones fantasmas abandonada durante décadas. Aquí, igual que en Nueva York, fue la iniciativa de un comité ciudadano la que permitió conservar el lugar como un parque ecológico. 
El parque ha sido diseñado por OkoCon & Planlands y cuenta con dos áreas diferenciadas. Un espacio de 3,2 hectáreas de pradera se mantiene como espacio de especial protección y los visitantes sólo pueden caminar por una serie de pasarelas elevadas sobre el suelo. En el resto del parque tenemos una nueva demostración de que en condiciones de abandono humano, el bosque tiene las de ganar y se expande con velocidad pasmosa (entre 1981 y 1991 la zona boscosa pasó de ocupar un 37% a un 70% del total de la zona) En esta zona de protección del parque se pretende mantener el ecosistema herbáceo surgido en las primeras etapas de la recuperación, espacio de mucha mayor riqueza y diversidad. 

Las otras 12,9 hectáreas del parque son un bosque con múltiples senderos sobre las antiguas vías del tren. Los bosques, son la muestra de que al menos en las etapas tempranas, la huella del hombre ya es imborrable, ya que tenemos zonas boscosas dominadas por los abedules (Betula pendula), cosa del todo natural en un sitio como Berlín, pero también hay zonas dominadas por las falsas acacias (Robinia pseudoacacia) importada del este de los Estados Unidos. El bosque de abedules es previsible que evoluciones hacia un bosque de robles y coníferas (de hecho ya hay una importante representación de robles americanos, Quercus rubra) y el bosque de acacias es posible que no evolucione a nada dado su capacidad de reproducción. Como se relacionarán ambos tipos de bosque es un misterio que no creo que descubramos salvo que haya otra catástrofe que deje al margen de la zona de nuevo al ser humano. 
Quizás lo más destacable de este parque sea el misterio de la intersección de las ruinas industriales con la vegetación salvaje nacida espontáneamente entre ellas. La imagen de las traviesas musgosas, de esas vías de tren hundiéndose en la espesura de un bosquete de abedules, tienen un tremendo poder evocador.De alguna manera, pasear por este parque te arrastra hasta el tiempo desgraciado en el que las instalaciones ferroviarias empezaron a morir, a aquella Alemania de locura que lanzó a todo un continente a un suicidio colectivo. Eso en un día pesimista, en un día optimista el parque te puede hacer viajar hacía aquellos tiempos felices en los que nuestros abuelos trataban de dejar atrás la guerra, terminar con la oscuridad y dejar paso a un mundo menos gris y hambriento, avanzar hacia la alegría y la claridad de un bosque de abedules. 


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